con la llamada de Alaska.
Otras noches sueño con Valeria niña, corriendo por mi cocina con las manos manchadas de pintura.
En ambos sueños hay dolor.
Pero ya no hay vergüenza.
Porque el hombre que quiso convertir su muerte en negocio perdió mucho más que una póliza.
Y mi hija, incluso después de irse, siguió llegando primero.