afuera.
Una voz masculina celebraba algo. Una mujer decía que la bebé tenía los ojos de los Rivas. Alguien hizo sonar copas de plástico. Había alegría al otro lado de esa puerta.
Mi familia estaba al otro lado de esa puerta.
Toqué suavemente.
Las voces bajaron.
La puerta se abrió apenas unos centímetros.
Mateo apareció en la rendija.
Por un segundo no vi al hombre de camisa cara y barba perfectamente recortada. Vi al niño que corría por el patio con las rodillas raspadas. Vi al adolescente que lloró una noche entera en mi cocina porque no había sido aceptado en la universidad que quería. Vi al muchacho por quien vendí mi máquina de coser para pagarle un semestre en otra ciudad.
“Mateo”, dije, y mi voz salió más pequeña de lo que esperaba. “¿Ya nació?”
Él no sonrió.
No abrió la puerta.
No me abrazó.
“Mamá… Camila está cansada”.
“Lo sé. No quiero molestarla. Solo quiero ver a la niña un momento”.
Mateo miró hacia atrás, dentro de la habitación. Luego volvió a mirarme con una incomodidad que me atravesó.
“Su familia está aquí. No es buen momento”.
Tardé en entender.
“¿Su familia?”, repetí. “Mateo, yo soy tu madre”.
Él apretó la mandíbula.
“Por favor, no hagas una escena”.
Esas palabras cayeron despacio, como una taza que se rompe en cámara lenta. No hagas una escena. Yo, que había cruzado medio país con una manta tejida en las manos. Yo, que había enterrado mi orgullo mil veces para que él comiera, estudiara y no sintiera el hueco de un padre ausente. Yo era la escena.
Desde la cama, una voz femenina preguntó:
“¿Es ella?”
Era Camila.
La puerta no estaba bastante abierta, pero alcancé a verla. Estaba recostada entre almohadas blancas, con el cabello peinado y los labios pintados de rosa tenue. Su rostro tenía ese brillo cansado de las madres recién paridas, pero su sonrisa no era cansada. Era filosa.
A su lado estaba doña Elvira Rivas, su madre, con un collar de perlas y un ramo de flores tan grande que ocupaba media mesa.
“Mateo”, dijo doña Elvira, sin molestarse en bajar la voz, “recuerda lo que hablamos. La niña necesita tranquilidad. No visitas que traigan problemas”.
Problemas.
Así me llamaban.
Mateo cerró los ojos un instante. Pensé que por fin iba a corregirla.
No lo hizo.
“Solo quiero conocerla”, dije. “Viajé toda la noche”.
“Rosa”, intervino Camila desde la cama, “debiste llamar antes”.
La miré por encima del hombro de mi hijo.
“Llamé. Muchas veces”.
Camila levantó una ceja.
“Bueno, tal vez este no es el tipo de momento para improvisar”.
Doña Elvira acomodó las flores como si mi presencia ensuciara el aire.
“Hay personas que entienden los límites sin que haya que explicarles tanto”.
Mi mano se cerró sobre la bolsa de tela. Sentí el borde de la mantita dentro. Sentí el sonajero de plata. Sentí la carpeta azul.
Y sentí, sobre todo, la mirada de Mateo evitando la mía.
“Mateo”, dije muy bajo, “dime tú que no entre. Dímelo tú”.
Él tragó saliva.
Durante un instante, vi la lucha en su rostro. No era crueldad pura. Eso habría sido más fácil de odiar. Era miedo. Vergüenza. Debilidad. Era un hombre queriendo pertenecer a una familia que nunca lo aceptaría del todo, aunque él me