hacia Marcus.
Dime sus nombres.
Renee levantó la mano.
No.
Pero el niño ya estaba hablando.
La de la trenza se llama Lila. La otra es Sofi.
El aire se rompió en ese instante.
Dana sintió un vacío en el estómago, no de miedo, sino de reconocimiento.
Esos nombres no pertenecían al recuerdo.
Pertenecían a la vida.
Renee retrocedió hasta chocar con la pared.
Marcus miró a su madre, confundido por la tensión que no entendía.
Dana, en cambio, empezó a ver la forma completa del engaño, como una imagen que se enfoca lentamente después de años de estar borrosa.
Las niñas no eran solo un recuerdo.
Eran una historia incompleta.
Y alguien había decidido que debía seguir incompleta.
Dana se giró hacia el retrato una vez más.
Las risas de piedra ya no parecían silencio.
Parecían advertencia.
Y por primera vez, Dana dejó de visitar a sus hijas como una madre en duelo…
y empezó a preguntarse qué más le habían ocultado en nombre de ese duelo.