mafiosos no fueran nada comparado con no saber dónde estaba su hermana.
«¿Cómo te llamas?»
«Lily Morgan».
Patterson llevó la mano a la radio, pero antes de hablar volvió a mirarla. Lily sostenía la foto contra el pecho. Sus dedos estaban rojos. Su trenza se había deshecho a medias. Parecía cansada, hambrienta y congelada.
Pero no parecía dispuesta a irse.
En el segundo piso de la mansión, Marcus Webb observaba la escena desde la sala de seguridad.
Marcus era un hombre impecable. Trajes perfectos, cabello siempre en su sitio, voz baja y modales tan educados que algunas personas confundían su frialdad con inteligencia. Llevaba quince años al lado de Dominic Corsetti. Conocía sus negocios, sus horarios, sus enemigos y sus secretos. Nadie entraba a la mansión sin que Marcus lo supiera.
Y Marcus sabía exactamente quién era Elena Morgan.
También sabía por qué no había vuelto a la cocina esa mañana.
Cuando la cámara enfocó la fotografía en las manos de Lily, Marcus entrecerró los ojos. La imagen era un problema. La niña era un problema peor.
Tomó la radio.
«Patterson, mantén a la niña en la reja. No la dejes irse».
«¿Quiere que llame a la policía?»
Marcus tardó medio segundo en responder.
«No. Yo me encargo».
Luego dejó la radio y se quedó mirando la pantalla. Victor Crane le había advertido que Elena tenía familia. Una madre enferma. Una hermana pequeña. Marcus había pensado que eso solo era información útil en caso de necesitar presión.
No había imaginado que la presión caminaría sola hasta la puerta principal.
Al otro lado de la mansión, Dominic Corsetti revisaba documentos en su estudio. El cuarto olía a cuero, café negro y madera antigua. Sobre el escritorio había contratos, mapas de envíos y cifras que podían construir fortunas o destruir hombres.
Tony Valente entró sin esperar permiso.
Eso bastó para que Dominic levantara la vista.
Tony no era un empleado común. Era el hombre que había estado con Dominic desde los años duros en South Boston, cuando no había mansión, ni choferes, ni empresas limpias para cubrir negocios sucios. Tony conocía a Dominic antes de que el miedo lo convirtiera en leyenda.
«Hay una niña en la reja», dijo Tony.
Dominic bajó la mirada al documento. «Entonces mándala a casa».
Tony no se movió.
Dominic levantó los ojos de nuevo. «Tony».
«Dice que vino a buscar a su hermana. Elena Morgan. Cocina».
Dominic estuvo a punto de responder que aquello era asunto del personal, no suyo. Pero Tony le mostró una imagen capturada por la cámara de seguridad.
La niña aparecía frente a la reja, pequeña contra el hierro inmenso. Zapatos sucios. Vestido arrugado. Suéter delgado. Miraba hacia la casa no con curiosidad, sino con una terquedad silenciosa que Dominic reconoció demasiado bien.
«¿Cuánto tiempo lleva ahí?» preguntó.
«Desde antes de las cinco. La cámara de tráfico la vio bajando de un autobús en la Ruta 20. Caminó el resto».
Algo antiguo se abrió dentro de Dominic.
Por un instante, dejó de ver a Lily Morgan y vio a otro niño.
Un niño de siete años bajo la lluvia, golpeando una puerta cerrada en la entrada de emergencia de un hospital. Su madre estaba arriba. Él no tenía dinero, ni apellido poderoso, ni adulto que lo defendiera. Un guardia le dijo que