misma: luminosa, libre, un poco caótica. Rebeca la recibió con un abrazo corto y luego le acomodó la manga con dos dedos.
—Los colores tan vivos te roban delicadeza —dijo sonriendo—. Adrián tiene muy buen gusto. Déjate orientar.
Valeria se rió, quizá por nervios. Adrián no la defendió. Tampoco hizo falta: la observó de arriba abajo y dijo, como quien ofrece un consejo inocente, que un tono más sobrio le favorecería.
No era lo que dijo.
Era la forma.
Como si su cuerpo ya fuera un proyecto suyo.
Con el tiempo aparecieron otros detalles. Él corregía expresiones de Valeria frente a otros. Rebeca opinaba sobre su cabello, sus uñas, la forma en que se sentaba. Si ella hablaba demasiado rápido, Adrián le tocaba la rodilla bajo la mesa. Si se entusiasmaba con algún tema, él cambiaba la conversación con cortesía quirúrgica. Nada parecía lo bastante grave como para señalarlo. Y sin embargo, todo junto formaba una música desagradable.
La boda fue en una hacienda rumbo a Chapala. Había flores blancas hasta en los baños y meseros que se movían sin hacer ruido. Los Moncada pagaron prácticamente todo. Yo insistí en costear al menos algo pequeño, pero Rebeca me respondió que preferían mantener una sola línea estética. Esa frase me siguió durante años. Una sola línea estética. Como si el amor también tuviera que combinar con la vajilla.
Cuando caminé con Valeria hacia el altar, noté su mano helada sobre mi brazo.
—Todavía podemos irnos a comer birria y olvidar este circo —le murmuré, intentando hacerla reír.
Sonrió, sí, pero no con los ojos.
—No, papá. Ya elegí.
A veces uno tarda mucho en aceptar que también se puede elegir una jaula.
Los primeros meses de matrimonio transcurrieron en una casa enorme en Puerta de Hierro, limpia como una clínica privada y silenciosa como un museo. Valeria decía que se estaba adaptando. Que era normal. Que la vida con otra familia traía reglas nuevas. Yo la escuchaba y quería creerle porque la alternativa era insoportable.
Luego empezó a dejar de hacer cosas que la hacían ser ella.
Primero cerró su pequeño estudio porque Adrián decía que el olor a solvente invadía toda la casa. Después dejó de recibir alumnos particulares de dibujo porque, según él, entraba demasiada gente desconocida. Más adelante dejó de visitarme entre semana porque había cenas, reuniones, compromisos. Todo tenía explicación. Todo parecía razonable en la superficie. Por debajo, mi hija se iba borrando.
Un domingo llegué sin avisar. Llevaba pan dulce y una carpeta con fotos viejas que había encontrado ordenando un clóset. Marta, la trabajadora doméstica, me abrió con la cara rara. Me pidió que hablara bajo. Encontré a Valeria en la terraza de atrás, mirando una jardinera vacía. Tenía una taza de té entre las manos, aunque hacía calor. Cuando me vio, se levantó tan rápido que el té se derramó.
—Papá, debiste avisar —me dijo en un susurro.
—¿A ti o a alguien más?
Miró hacia la puerta.
—A Adrián no le gusta que cambien los planes.
Le tomé la barbilla con suavidad y giró el rostro casi por reflejo. Ahí vi un moretón tenue cerca de la mandíbula. Lo tapaba con corrector mal puesto.
—¿Qué te pasó?
—Me pegué con la alacena.
Mentira.
No discutí. Solo memoricé la forma de su miedo.
Esa