En el velorio de mis gemelitas, mi suegra me susurró que el cielo se las había llevado porque yo no merecía ser madre.
Las dos cajitas blancas estaban frente a mí, cubiertas de flores pequeñas, casi infantiles, como si alguien hubiera intentado disfrazar la muerte con listones color crema. Una foto de Emilia y otra de Renata descansaban sobre un atril de madera clara. En ambas se veían dormidas, con gorritos de lana y las manitas cerradas, ignorantes de todo el miedo que vino después.
Yo no había dormido en cuatro días. Tenía los ojos secos de tanto llorar y el cuerpo tan vacío que respirar parecía una tarea ajena. El vestido negro me quedaba flojo; durante las últimas semanas, entre hospitales, biberones medidos y noches sin luz, había dejado de comer sin darme cuenta.
Tomás estaba a mi derecha. Mi esposo. El padre de mis hijas. Miraba al suelo con las manos juntas, demasiado quieto. No me tocaba, no me sostenía, no lloraba conmigo. Solo estaba ahí, impecable, como si hubiera aprendido la postura exacta de un hombre devastado.
A mi izquierda estaba Beatriz, su madre.
Llevaba un sombrero negro con velo, guantes finos y un rosario de nácar. La gente la abrazaba y le decía que era una mujer fuerte. Ella inclinaba la cabeza, aceptaba el pésame y soltaba suspiros medidos, perfectos, casi teatrales.
Yo sabía cómo era su verdadera voz.
La había escuchado cuando los invitados se iban, cuando Tomás cerraba la puerta, cuando una madre primeriza con dos bebés prematuras era demasiado fácil de quebrar.
“Exageras, Clara.”
“Todas las madres se cansan, no eres especial.”
“Si las niñas no comen es porque sienten tu ansiedad.”
“Mi hijo necesita una esposa, no otra hija enferma.”
Me incliné un poco hacia las flores porque el olor a lirios me mareaba. Entonces sentí su perfume detrás de mi oreja, dulce, espeso, invasivo.
“El cielo no deja ángeles en manos de mujeres como tú”, murmuró Beatriz.
No lo dijo para que todos oyeran. Ese era su talento: herir en voz baja y sonreír en público.
Por un segundo pensé que mi cuerpo simplemente iba a apagarse. Que me caería ahí mismo, entre las bancas de madera, y alguien diría que el dolor me había vencido. Pero algo en mí, una fibra mínima que todavía no estaba muerta, se tensó.
Giré la cabeza despacio.
“No hoy, Beatriz”, dije. Mi voz salió ronca, pero firme. “Hoy cállese.”
El silencio cayó como un golpe.
Algunas cabezas se giraron. Una prima de Tomás abrió la boca. El padre Ernesto, que estaba junto al altar, bajó la mirada al libro de oraciones como si hubiera visto venir una tormenta.
Beatriz no cambió la expresión. Eso fue lo peor.
Sonrió apenas.
Luego me golpeó.
La bofetada sonó seca, limpia, indiscutible. Me ardió la mejilla y el mundo se inclinó hacia un lado. Antes de que pudiera recuperar el equilibrio, sus dedos se cerraron sobre mi brazo con una fuerza que nadie habría imaginado en una mujer de setenta años. Me empujó contra el atril de las fotos.
El marco de Emilia cayó primero.
Después el de Renata.
El vidrio se quebró sobre el piso como si algo dentro de mí también terminara de romperse.
Alguien jadeó. Alguien dijo mi nombre. Pero Beatriz se inclinó sobre mí