apretó más contra su pecho.
“No me lo quiten”, suplicó.
“Nadie te lo va a quitar”, le dije.
La pediatra llegó en menos de cinco minutos. Era una mujer joven, con el cabello recogido y una expresión que se endureció apenas tocó la frente del niño.
“Necesito revisar temperatura”, dijo.
Inés miró mis ojos antes de soltarlo. Yo asentí.
La pasaron a un cubículo con mantas térmicas. Mientras le tomaban signos, apareció el director del hospital, un hombre de traje gris y voz de reunión importante.
“Señora Arriaga”, dijo, leyendo mi nombre de una tarjeta que la recepcionista seguramente le había entregado, “entiendo que hay una situación delicada, pero según el expediente la paciente solicitó alta voluntaria”.
Le mostré la foto de la pulsera.
“Esa no es su firma”.
El hombre miró la pantalla. Su rostro cambió apenas un segundo, pero yo lo vi. No era sorpresa simple. Era alarma.
“Necesito revisar el sistema”, dijo.
“No va a revisar nada a solas. Va a preservar las cámaras, bloquear el expediente y llamar a su área legal. Si una sola hoja desaparece, presentaré denuncia también contra el hospital”.
El director apretó los labios.
“Señora, le pido prudencia”.
“Yo le estoy ofreciendo prudencia. La otra opción es fiscalía en este pasillo”.
Mi teléfono vibró. Era Salvatierra.
“Mariana”, dijo, usando mi nombre de pila solo cuando algo era grave. “Acabo de revisar el Registro Público. La casa sigue a nombre de Inés, pero hay una solicitud de inscripción presentada esta mañana. Supuestamente una cesión de derechos firmada ayer por ella”.
Apreté el celular.
“Ayer estaba en trabajo de parto”.
“Lo sé. El documento fue certificado por el notario Edgardo Robles”.
No dije nada.
Robles.
Ese apellido pertenecía al círculo íntimo de la familia de Mateo. Un notario de favores discretos, cenas caras y fotografías con políticos. Yo lo había evitado durante años.
“Hay más”, continuó Salvatierra. “La cesión no es a nombre de Mateo. Es a nombre de una sociedad mercantil recién creada”.
“¿Quién aparece como administradora?”
Hubo una pausa.
“Mercedes Villaseñor”.
Miré a Inés en la camilla. Tenía los ojos cerrados, pero una lágrima le cruzó la sien y se perdió en el cabello.
“No era un pleito de pareja”, dije.
“No”, respondió Salvatierra. “Era un despojo”.
Colgué y me acerqué a mi sobrina.
“Inés, necesito que me digas algo. La carpeta azul que viste en la mochila de Mateo… ¿era la de tu caja fuerte?”
Ella abrió los ojos.
“Creo que sí. Tenía una esquina gastada. Mi mamá le había pegado una etiqueta por dentro, ¿verdad?”
Sentí un golpe en el pecho.
“Sí”.
“Entonces era esa”.
Durante un instante, el hospital desapareció. Volví a ver a Clara, mi hermana, sentada en mi cocina doce años atrás. Estaba delgada por la enfermedad, con un pañuelo en la cabeza y esa terquedad luminosa que jamás perdió. Me tomó la mano y me pidió que protegiera a Inés de cualquier hombre que confundiera amor con posesión.
“Hay cosas que ella debe saber cuando esté lista”, me dijo. “Pero primero necesita un lugar seguro”.
La carpeta azul no solo contenía escrituras. También guardaba una carta de Clara y documentos sobre un fideicomiso que Inés desconocía en parte. Mi hermana había dejado una condición: si alguien intentaba obligar a Inés a ceder su propiedad, se activaría