Yo le contesté que no exagerara, que era su logro. Él dejó la toga sobre la silla, se acercó y me abrazó con esa fuerza que ya no era de niño.
“Todo esto empezó contigo”, murmuró.
Por eso, cuando vi a Lorena sentada en mi lugar, tardé unos segundos en reaccionar. Ella estaba cruzada de piernas, con un vestido beige que parecía recién salido de una vitrina y un bolso rígido sobre las rodillas. Julián ocupaba el asiento de al lado, usando traje nuevo y un reloj tan brillante que me dio rabia recordar las veces que dijo no tener dinero para la cuota de laboratorio. Junto a ellos estaban los dos hijos de Lorena, la hermana de Julián y un hombre de bigote fino al que yo había visto una sola vez en una foto de una cena empresarial.
Me acerqué despacio, porque todavía creía que podía resolverse con educación.
“Lorena”, dije, sosteniendo los girasoles con ambas manos, “creo que hubo una confusión. Ese asiento lo reservó Mateo para mí”.
Ella ni siquiera se levantó. Miró la tarjeta con mi nombre como si acabara de notar una basura en el piso, la desprendió del respaldo y la dobló con cuidado.
“Ay, Clara”, respondió. “Mateo es buen muchacho, pero a veces no entiende cómo funcionan las cosas importantes”.
El teatro seguía llenándose. Dos mujeres en la fila de atrás dejaron de hablar. Julián se acomodó la corbata.
“Es la graduación de mi hijo”, dije, tratando de mantener la voz tranquila.
Lorena sonrió con lástima.
“Precisamente. Hoy necesita estar rodeado de personas que puedan aportarle algo a su futuro. Julián invitó al licenciado Armenta. Podría ayudarlo con una beca privada. No conviene dar una imagen… desordenada”.
La palabra se quedó suspendida entre nosotras.
Desordenada.
Yo pensé en mis manos, ásperas de detergente. En mis zapatos pegados por segunda vez. En el vestido planchado con vapor de olla porque la plancha fallaba. Pensé en las madrugadas haciendo empanadas, en los consultorios donde limpiaba manchas que nadie quería mirar, en mi espalda doliendo mientras Mateo repasaba matemáticas en la mesa.
“Yo soy su madre”, dije.
Lorena inclinó la cabeza, sin perder la sonrisa.
“Eso nadie lo niega. Pero ser madre no siempre significa estar a la altura de ciertos momentos”.
Julián la escuchó. También me escuchó a mí. Lo vi de perfil, rígido, con una expresión que yo conocía demasiado: la de un hombre que prefería fingir que no pasaba nada para no quedar mal con nadie. O, mejor dicho, para no quedar mal con la persona que tenía más poder en ese instante.
“Julián”, dije.
Él parpadeó, pero no giró.
Lorena puso su bolso sobre la tarjeta doblada.
“Por favor, Clara. No hagamos esto incómodo”.
Un coordinador de la escuela se acercó al vernos en el pasillo. Era joven, llevaba un gafete colgado del cuello y cara de querer estar en cualquier otro lugar.
“Señora, necesitamos liberar el paso”, dijo.
“Este asiento tiene mi nombre”, respondí.
Él miró a Lorena. Luego a Julián. Luego a mí. En sus ojos vi la decisión antes de que la dijera.
“La primera fila está reservada para familiares inmediatos e invitados especiales. Puede ubicarse al fondo, por favor”.
Familiares inmediatos.
Me dieron ganas de reír. Una risa fea, de esas que salen cuando ya no queda