contesté.
Llegó un mensaje del coordinador: Martina, los camiones de montaje van hacia Santa Aurora. La novia confirmó acceso desde las cinco. Necesitamos que alguien abra.
Sentí que el calor me subía por el cuello.
Lucía no solo me había excluido. Había usado mi finca como moneda frente a sus suegros. Había prometido mi trabajo, mi tierra y mi nombre mientras me dejaba en la puerta de una comida como si yo fuera una vergüenza.
Mi abuela se sentó en una silla de la terraza. De pronto parecía agotada.
—En el hotel escuché a tu madre discutir con Lucía —dijo—. Tu hermana lloraba porque Diego preguntó por ti. Decía que eras un problema, que si aparecías podías contradecir la historia.
—¿Qué historia?
Mi abuela apretó la bolsa vacía entre las manos.
—Que Santa Aurora era un patrimonio de la familia. Que tú solo administrabas porque eras soltera y tenías tiempo. Que tu madre podía autorizar lo que Lucía necesitara.
La palabra soltera cayó como una piedra vieja. Como si no tener esposo me convirtiera en recurso disponible.
—¿Y mamá?
Mi abuela cerró los ojos.
—Tu madre dijo que después de la boda te convencerían. Que por fin harías algo por tu hermana sin poner condiciones.
Me alejé unos pasos. No quería gritar frente a mi abuela. Miré las hileras de uvas, las luces, la casa de piedra que había salvado con uñas y dientes. Recordé noches firmando facturas a las dos de la mañana, llamadas de banco que me dejaban sin aire, empleados a quienes prometí pagar aunque yo no comiera. Recordé a mi familia diciendo que yo exageraba cuando hablaba de cansancio.
Por fin harías algo por tu hermana.
Como si mi vida entera hubiera sido egoísmo.
Llamé a Paula, mi abogada. Le mandé el contrato, la firma, los correos impresos y el mensaje del coordinador. Paula tardó menos de tres minutos en responder.
—No abras el portón a nadie relacionado con ese evento —dijo apenas contesté—. Ese documento es falso o fue obtenido de manera fraudulenta. Voy en camino, pero desde ahora graba todo.
—La boda empieza en una hora.
—Entonces alguien eligió muy mal el momento para cometer un delito.
Colgué.
Los invitados de mi cena empezaron a llegar. Primero mi tío Raúl con una camisa arrugada y una caja de empanadas. Luego Ana con sus hijos, vestidos como para una fiesta donde no sabían si podían respirar. Después la señora Mercedes, don Julián y dos primos que no veía desde el funeral de papá.
Todos se detuvieron al ver a mi abuela con vestido de ceremonia.
Mi tío Raúl fue el primero en hablar.
—Mamá, ¿por qué no estás en la boda?
Mi abuela levantó la barbilla.
—Porque una boda donde mi nieta no tiene silla tampoco tiene silla para mí.
Nadie respondió.
Yo no sabía que necesitaba escuchar eso hasta que lo escuché.
A las cinco y veinte, tres camionetas blancas llegaron al portón. Traían flores, estructuras metálicas y personal con audífonos. Les hablé por el intercomunicador.
—No hay autorización para entrar a Santa Aurora.
Un hombre con carpeta se acercó a la cámara.
—Señora, tenemos contrato firmado.
—Tienen un documento falso. No entren a mi propiedad.
El hombre palideció. Hizo una llamada. Cinco minutos después, mi teléfono explotó.
Mi madre dejó un audio.
Martina,