documento relacionado con el fideicomiso de Abril.
Tomás se había reído al firmar.
—Ay, mamá, pareces empresaria.
—No —le había contestado Inés—.
Parezco viuda de un contador.
Ahora esa broma ya no hacía gracia.
A las diez de la noche, mientras seguramente en Los Naranjos partían el pastel y brindaban frente a cámaras, Inés llamó al licenciado Rivas.
—Buenas noches, Inés —respondió él, con voz somnolienta—.
¿Pasó algo?
Ella miró una fotografía enmarcada sobre el aparador: Abril de siete años, sin dos dientes, abrazada a su cuello después de una función escolar.
—Me sacaron de la boda.
El silencio del abogado cambió de peso.
—¿Quién?
—Tomás.
Con Verónica al lado.
Frente a todos.
—¿Abril lo sabía?
Inés cerró los ojos.
—No lo sé.
—Entonces haremos dos cosas —dijo Rivas, ya completamente despierto—.
Primero, proteger lo que es de Abril.
Segundo, exigir que se cumpla lo firmado.
—Quiero que la carta salga mañana.
—¿Está segura?
Inés respiró hondo.
Durante años había confundido silencio con paz.
Había cedido para que Tomás no se molestara, para que Verónica no la apartara de Abril, para que las reuniones familiares no terminaran en discusiones.
Había aceptado migajas de respeto a cambio de seguir cerca de su nieta.
Pero esa noche comprendió que ceder no había salvado el vínculo.
Solo había enseñado a su hijo hasta dónde podía empujarla.
—Sí —dijo—.
Mañana a primera hora.
La carta llegó a la oficina de Tomás a las 8:42 de la mañana siguiente.
Él estaba con resaca emocional, sentado frente a su escritorio de cristal, cuando la recepcionista dejó el sobre certificado.
Verónica estaba junto a la ventana, todavía con el maquillaje del día anterior mal retirado y el mal humor intacto.
—¿Otra factura? —preguntó ella.
Tomás rasgó el sobre sin interés.
Leyó la primera línea.
Luego la segunda.
Su rostro perdió color.
—¿Qué pasa? —dijo Verónica.
Él no contestó.
Siguió leyendo, cada vez más rápido.
La carta del licenciado Rivas notificaba la activación de la cláusula por exclusión deliberada, exigía la devolución de los pagos hechos por Inés y, lo más grave para Tomás, suspendía cualquier gestión que él pretendiera realizar sobre los bienes destinados a Abril.
La casa de la calle Jacarandas, aquella propiedad con patio de limoneros donde Abril había pasado tantos veranos, no estaba a nombre de Tomás.
Estaba dentro de un fideicomiso creado por Inés y su difunto esposo para su única nieta.
Abril podría disponer de ella al casarse o al cumplir veinticinco años, lo que ocurriera primero.
Abril se había casado el día anterior.
—No puede hacer esto —murmuró Tomás.
Verónica le arrancó la carta de las manos.
Su expresión cambió de irritación a pánico.
—¿La casa ya es de Abril?
—Técnicamente…
—¿Técnicamente qué?
Tomás se levantó, caminó en círculos y se pasó la mano por el cabello.
—Necesitábamos que Abril firmara el poder antes de que alguien le explicara el fideicomiso.
Verónica apretó los dientes.
—Por eso te dije que no dejaras entrar a tu madre.
La frase quedó flotando en la oficina como humo negro.
Tomás miró a su esposa.
—Baja la voz.
—No.
Tú baja la estupidez.
Tu mamá no era una viejita sentimental.
Tenía abogado.
Tomás llamó a Inés una vez.
Luego dos.
Luego cinco.
Ella no contestó.
Mientras tanto, en una habitación del Hotel Alameda, Abril estaba