moverme.
Doña Ofelia sí se movió.
Pero no hacia su hija.
Fue hacia el paramédico, con una mano levantada.
—Esperen. El doctor Medina debe autorizar cualquier traslado. Él conoce su expediente.
La paramédica la miró como si no hubiera entendido.
—Señora, su hija está viva.
Ofelia no lloró.
Su cara perdió el color. Su mirada saltó del vientre de Valeria al rostro de Tomás, y por primera vez desde que la conocí, vi miedo en sus ojos.
Ahí supe que aquello no era un milagro.
Era una falla en el plan de alguien.
Mientras subían a Valeria a la camilla, Tomás se inclinó junto a mí.
—No sabes lo que acabas de hacer.
—No —respondí—. Pero voy a averiguarlo.
En la ambulancia, me obligaron a sentarme en una esquina mientras trabajaban sobre ella. La paramédica le puso oxígeno. Otro revisó sus pupilas. Yo miraba el vientre, esperando otro movimiento, otro signo, cualquier cosa que me dijera que nuestra hija seguía peleando.
—La frecuencia fetal está baja, pero presente —dijo alguien.
Aquellas palabras me hicieron respirar por primera vez.
Al llegar al Hospital General, apareció el doctor Medina en la entrada de urgencias. No sé cómo llegó tan rápido. Vestía una bata blanca sin una arruga y traía la misma expresión grave que usó cuando me entregó el certificado de defunción.
—Trasládenla a Santa Regina —ordenó—. Yo soy su médico tratante.
Una doctora joven salió de la sala de choque.
—Aquí se queda —dijo—. Soy la doctora Robles. ¿Quién es el familiar directo?
—Yo —respondí—. Soy su esposo.
Medina intentó hablar por encima de mí.
—La familia Salvatierra cuenta con protocolos privados.
La doctora Robles ni siquiera lo miró.
—Mi protocolo es atender a una paciente viva.
Esa frase fue la primera puerta que se abrió en todo el día.
Me dejaron afuera de la sala. Caminé de un extremo al otro del pasillo con las manos manchadas de maquillaje del ataúd. Mi madre llegó poco después, llorando en silencio, y me puso una chaqueta sobre los hombros aunque yo no sentía frío.
Ofelia entró al hospital como si entrara a una junta directiva. Tomás venía detrás. Medina caminaba a su lado, hablando en voz baja.
—Julián —dijo mi suegra con una dulzura falsa—, necesitamos tomar decisiones difíciles.
Sacó un sobre manila de su bolso.
—Valeria dejó instrucciones. No quería medidas invasivas. Firma para que no la sometan a procedimientos inútiles.
Miré el sobre.
—Mi esposa estaba en un ataúd hace media hora.
—Precisamente por eso debes aceptar la realidad.
—La realidad es que su corazón late.
Ofelia bajó la voz.
—No conviertas esto en un espectáculo. Piensa en la dignidad de Valeria.
Ahí reí. Fue una risa amarga, mínima, pero bastó para que su gesto se endureciera.
—No vuelva a usar la palabra dignidad conmigo —dije—. Usted eligió enterrarla con mi hija adentro.
Tomás avanzó, pero dos guardias ya se habían acercado. Alguien había grabado lo ocurrido en la funeraria. Los teléfonos empezaban a vibrar. Los rumores corrían más rápido que la sangre.
La doctora Robles salió al pasillo. Tenía el rostro tenso.
—Su esposa está en coma profundo, pero presenta signos incompatibles con una muerte natural. Encontramos respuesta mínima a estímulos y actividad cardíaca. Vamos a practicar una cesárea de emergencia. La bebé no puede esperar.
Sentí que el