remitente. Por un momento pensé en Julián. O en otro intento de intimidación. Lo abrí en la cocina.
Dentro había una sola hoja.
Era una fotocopia de un fragmento de la carta original de mi tía Elvira. Yo conocía el texto, pero abajo aparecía una línea que no estaba en la copia que encontramos en la bodega. Tal vez se había quedado pegada a otra página; tal vez Barrios la había recuperado después y decidió enviármela sin dramatismo.
Decía:
No guardes estos papeles para vengarte. Guárdalos para no arrodillarte.
Me senté frente a la mesa, con la hoja entre las manos, y por primera vez en mucho tiempo sonreí sin esfuerzo.
Afuera, el limonero de mi mamá se movía con el viento de la tarde. Ella estaba en la sala, leyendo. La casa olía a sopa recién hecha y a hojas viejas. Nada brillaba como en el club de Santa Fe. Nada pretendía ser más de lo que era.
Y, sin embargo, nunca me había sentido en un lugar tan digno.
Tomé la hoja, la guardé en una carpeta nueva y fui a sentarme junto a mi mamá.
Ella levantó la vista del libro.
“¿Ahora sí terminaste?”, me preguntó.
Pensé en Renata, en Julián, en la mansión, en el salón iluminado, en el atril, en mi voz resonando por fin donde antes solo había silencio.
Luego pensé en las becas, en las mujeres del auditorio, en el nombre de Elvira escrito en una placa sencilla.
Le sonreí.
“Sí”, dije. “Ahora sí.”
Y por primera vez esa palabra no significó renuncia.
Significó paz.