ajeno. Sin tener que ganarme el derecho a sentarme.
Me quedé un momento mirándola mientras la conversación crecía alrededor y la noche se llenaba de risas verdaderas, de platos compartidos, de gente que se inclinaba hacia mí no para medirme, sino para escucharme. Entonces aparté la silla, me senté a mi mesa y, por primera vez en mucho tiempo, sentí algo simple y enorme a la vez.
Yo ya no estaba esperando que me dejaran un lugar.
Por fin había entendido que la paz empieza cuando una mujer decide quién se sienta con ella y quién no vuelve a tocar su mesa jamás.