beige con la mano izquierda.
“¿Trae usted la libreta azul?”
La pregunta fue un disparo silencioso.
Graciela no se movió, pero sus ojos sí. Bajaron al bolso y subieron enseguida.
“No sé de qué habla”.
“Entonces no tendrá problema en esperar a que llegue la autoridad”.
La sonrisa de Graciela desapareció.
“Usted no entiende nada. Daniela está a punto de arruinarse. Yo estoy ayudándola”.
“¿Ayudándola a firmar?”
Esta vez la mujer no pudo esconder el sobresalto.
En ese momento sonó su celular. Graciela dio la espalda para contestar, pero la lluvia y el patio vacío hicieron que su voz llegara con claridad.
“Dígale que firme antes de las cinco”, dijo. “Si no, la niña se queda sin nada”.
Camila sintió un golpe de adrenalina.
Graciela cortó. Guardó el celular en el bolso. Miró hacia la puerta del colegio, luego hacia la calle, como si calculara cuánto tardaría en cruzar.
“Me voy”, dijo.
“Necesitamos que espere”.
“Ustedes no pueden retenerme”.
Y empezó a caminar.
El vigilante, don Ernesto, cerró el portón por reflejo. Graciela empujó con una fuerza inesperada. El bolso se le resbaló del hombro y cayó abierto sobre un charco.
De adentro salieron un llavero, un labial, un sobre manila, un teléfono y una libreta azul.
Camila no pensó. Se agachó.
Graciela también.
Sus manos chocaron sobre la libreta mojada.
“Suéltela”, dijo Graciela entre dientes.
“No”.
“Esa libreta es mía”.
“Entonces explíquelo cuando llegue la policía”.
La mujer tiró con rabia, pero don Ernesto ya estaba junto a ellas y Patricia venía corriendo con el teléfono pegado al oído.
“¡Ya vienen!” gritó la coordinadora.
Graciela soltó la libreta como si de pronto pesara demasiado.
Camila la abrazó contra su pecho. Tenía las hojas húmedas, pero legibles. No la abrió allí, delante de todos. La llevó a la oficina, con Patricia y don Ernesto detrás. Graciela se quedó en el patio, vigilada por el portero, fingiendo una calma que ya no le pertenecía.
En la primera página había fechas. En la segunda, nombres. En la tercera, cantidades escritas a mano. Camila no entendía todo, pero entendía lo suficiente: pagos de pacientes, transferencias, iniciales, números de cuenta. Entre dos hojas apareció una fotografía doblada.
Mostraba a Daniela Robledo sentada en una oficina, con el rostro desencajado, firmando un documento. Frente a ella, sobre la mesa, se veía el mismo bolso beige de Graciela.
Al reverso de la foto había una frase escrita con tinta azul:
SI ALGO ME PASA, BUSQUEN EL ARCHIVO EN EL MUÑECO DE LUCÍA.
Camila levantó la vista.
“El muñeco”, dijo.
Patricia no entendió.
“El oso azul. Lucía lo trajo el viernes”.
Corrieron a la biblioteca.
Lucía estaba sentada en una alfombra, abrazándose las rodillas. Al ver a Camila, se puso de pie.
“¿Dónde está tu oso?” preguntó la profesora, intentando no asustarla.
La niña miró su mochila. Luego bajó la cabeza.
“Ella se lo llevó”.
Camila sintió que el piso se abría.
“¿Quién?”
“Graciela. Ayer. Dijo que estaba sucio y que lo iba a lavar. Pero yo vi que le abrió la espalda con una tijera”.
Patricia se tapó la boca.
“¿Había algo adentro?” preguntó Camila.
Lucía asintió.
“Una cosa negra. Pequeñita. Como la memoria del computador de mi mamá”.
Una memoria USB.
La prueba final ya no estaba en el colegio. Estaba con Graciela, o en