ella había decidido desaparecer. Que aquel último mensaje, cortado a la mitad, no significaba nada.
Pero la niña tenía sus ojos.
Los mismos ojos oscuros, atentos, llenos de dignidad incluso en medio del miedo.
Mateo miró hacia la entrada.
La mujer del abrigo beige dio un paso adelante.
Y él la reconoció.
Valeria Montenegro.
La prima de Inés.
La última persona que la había visto antes de que se esfumara sin dejar rastro.
—Mateo —dijo Valeria desde la entrada.
No sonó sorprendida. Sonó irritada.
Como si la presencia de él fuera un error que no estaba en sus planes.
El mesero, un hombre flaco de bigote ralo, se quedó quieto detrás de la barra. Una pareja de viajeros dejó de hablar junto a la ventana. El cocinero asomó la cabeza desde la cocina con una espátula en la mano.
Mateo no respondió de inmediato. Bajó una mano hasta la niña y le cubrió los dedos.
—No te separes de mí —le dijo.
La niña asintió.
—Se llama Camila —dijo Valeria, acercándose con una sonrisa que no alcanzaba los ojos—. Perdón por el susto. Es mi sobrina. Tiene mucha imaginación.
Mateo se puso de pie.
La silla raspó el suelo con un sonido seco.
—Ella dice que no eres su tía.
Valeria soltó una risa breve.
—Los niños dicen muchas cosas cuando están cansados.
—No le pregunté si estaba cansada.
La sonrisa de Valeria se tensó.
—No hagas una escena.
Mateo miró el abrigo impecable, los zapatos caros salpicados apenas de barro, la bolsa cerrada contra el pecho. Vio también que Valeria no llevaba paraguas, aunque había entrado casi seca. Alguien la había dejado en la puerta.
Afuera, más allá del vidrio empañado, un auto negro permanecía con el motor encendido.
—¿Quién está en el carro? —preguntó Mateo.
Valeria no giró la cabeza.
—Mi chofer.
Camila soltó un sonido pequeño, apenas audible.
Mateo sintió que la niña escondía la cara contra su chaqueta.
—No es chofer —susurró ella.
Valeria oyó la frase y su mirada se endureció.
—Camila, ven ahora.
La orden no fue fuerte, pero estaba llena de amenaza.
La niña no se movió.
Mateo dio medio paso para cubrirla mejor.
—No va contigo.
—No tienes ningún derecho.
—Entonces llamemos a la policía.
Por primera vez, Valeria perdió el control de su expresión. Fue apenas un segundo: un pestañeo largo, la mandíbula apretada, el color yéndosele de la cara. Después volvió a sonreír.
—Claro —dijo—. Llamemos. Y cuando lleguen, les explicaré que un camionero extraño está reteniendo a una menor.
La pareja de la ventana intercambió una mirada incómoda.
Mateo sabía cómo se veía desde afuera: un hombre grande, cansado, con barba de varios días, bloqueando el paso a una mujer elegante que decía ser familia. Pero también sabía que el miedo de Camila era real. Y había un nombre entre ellos que no podía ignorar.
Inés.
—Antes de llamar a nadie —dijo Mateo—, quiero escuchar a la niña.
Valeria soltó una carcajada seca.
—No estás en una película.
—No. Estoy en un parador con cámaras, testigos y una puerta que se puede cerrar con llave.
El mesero entendió antes que nadie. Miró a Mateo, luego a Camila, y caminó despacio hacia la puerta.
Valeria giró de golpe.
—Ni se te ocurra.
El mesero dudó.
Mateo no levantó la voz.