se escucharon gritos, platos chocando, pasos rápidos. Los clientes bajaron la mirada. Nadie quería ser testigo de nada, aunque todos ya lo eran.
Ernesto se puso de pie.
—Ven aquí.
Lucía dudó. El mármol bajo sus pies mojados estaba frío. Había una mancha de barro junto a cada pisada que dejaba. En cualquier otro lugar la habrían sacado por ensuciar el piso. Allí, de pronto, todos esperaban que hablara.
Dio tres pasos.
—No mientas —dijo Ernesto—. En esta mesa las mentiras cuestan caro.
Lucía levantó los ojos.
—No estoy mintiendo. Ese hombre también fue ayer al cuarto de mi mamá.
Ernesto parpadeó una sola vez.
—¿Tu madre?
—Quiso hacerla dormir. Pero ella no dormía, estaba enferma. Yo estaba debajo de la cama.
La frase pasó por el comedor como una navaja.
Octavio se inclinó hacia adelante.
—Una niña asustada mezcla recuerdos. Tal vez vio a un enfermero. Tal vez…
—No era enfermero —interrumpió Lucía.
Su voz salió baja, pero firme. Era la primera vez que parecía algo más que miedo.
—Llevaba guantes negros y olía a cigarro dulce. Y tenía un reloj con un pájaro azul por dentro.
Octavio dejó la mano izquierda debajo de la mesa.
Ernesto lo vio.
También vio el movimiento mínimo con que su viejo socio intentó ocultar la muñeca.
—Muéstrame el reloj —dijo Ernesto.
Octavio rió, pero no sonó divertido.
—¿Ahora vas a interrogarme por la imaginación de una niña?
—Muéstramelo.
Durante un segundo nadie respiró. Luego Octavio levantó la mano. En su muñeca brillaba un reloj antiguo, de esfera nacarada. Al centro, casi invisible, tenía grabado un pájaro azul. Cerca del broche de cuero había tres marcas frescas, delgadas, como arañazos.
Lucía las señaló.
—Mi mamá le hizo eso.
El rostro de Octavio perdió color.
Ernesto no dijo nada. Volvió a mirar el plato. La salsa seguía intacta, obediente, como si no estuviera acusando a nadie.
En ese momento dos escoltas salieron de la cocina arrastrando al mesero joven por la camisa. Tenía harina en el cabello y sangre en el labio. Uno de ellos sostuvo un frasco diminuto entre los dedos.
—Lo encontramos en la salida de basura —dijo—. Con esto en el bolsillo.
El mesero cayó de rodillas antes de que lo obligaran.
—Yo no sabía qué era, don Ernesto. Me pagaron para ponerlo en la salsa. Nada más.
—¿Quién te pagó? —preguntó Ernesto.
El muchacho empezó a llorar.
—Me dijeron que si hablaba mataban a mi hermano.
—Entonces habla bien, porque si callas no podré ayudarte.
El mesero miró a Octavio.
No hizo falta más.
Octavio se puso de pie tan rápido que la silla cayó hacia atrás. Dos hombres apuntaron hacia él con manos firmes, aunque Ernesto no había ordenado nada todavía.
—Estás cometiendo un error —dijo Octavio.
—He cometido muchos —respondió Ernesto—. Este apenas empieza a parecerse a uno.
Lucía tiró de la manga de Ernesto.
El gesto habría sido impensable minutos antes. Nadie tocaba a Ernesto Salvatierra sin permiso. Pero la niña lo hizo como si él fuera solo un adulto más en un mundo que la había dejado sola.
—Mi mamá dijo que usted entendería si veía esto.
Abrió la mochila. Sus manos estaban rojas por el frío. Sacó un sobre de plástico, arrugado, húmedo en las esquinas. Ernesto lo tomó sin permitir que nadie más se