el trabajo. Y luego no puede dormir».
Antes de que Julián pudiera decir algo, sonó el timbre del recreo. Los niños empezaron a entrar al edificio como una corriente desordenada de voces y mochilas. Silvia se apartó de la puerta.
«No me metas en problemas», susurró.
Pero ya estaban todos en problemas. Solo que algunos fingían no saberlo.
A mediodía, Valeria pidió permiso para ir al baño. Caminó despacio. Julián la acompañó hasta el pasillo y esperó a distancia prudente, con el corazón golpeándole las costillas. Cuando la niña salió, llevaba una expresión vacía.
«Vale», dijo él con suavidad. «¿Hay alguien en casa que te haga sentir miedo?»
La niña apretó la correa de su mochila.
«Mi mamá dice que Ramiro se enoja porque está cansado».
«¿Y tú qué dices?»
Valeria lo miró. Esa fue la primera vez en toda la mañana que sostuvo sus ojos.
«Que cuando se enoja, la casa se queda sin ruido».
Julián no necesitó más para decidir.
A la una, la campana de salida llenó el edificio. Los niños se formaron con loncheras y botellas, impacientes por correr hacia sus familias. Valeria se quedó al final de la fila. Cada paso parecía medido.
Julián salió con el grupo hasta el portón.
La vio antes de que llegara: una camioneta blanca, enorme, con vidrios polarizados, detenida junto a la banqueta. Ramiro Ordaz esperaba apoyado en la puerta del conductor, con una camisa de lino, cinturón ancho y botas de piel. Tenía la sonrisa de los hombres acostumbrados a que todos se aparten.
«¡Valeria!», gritó. «Apúrate. No me hagas perder el tiempo».
La niña se encogió como si el grito le hubiera tocado la espalda.
Julián sintió que ya no podía observar desde lejos.
«Señor Ordaz», dijo, acercándose. «Soy Julián Morales, maestro de Valeria. Necesito hablar con usted un momento».
Ramiro lo miró de arriba abajo. Después sonrió sin alegría.
«Ah, el maestro nuevo».
«Valeria no se ha sentido bien hoy. Me preocupa».
Ramiro abrió la puerta trasera de la camioneta.
«A los niños les encanta llamar la atención».
«No creo que sea eso».
La sonrisa desapareció.
Ramiro se acercó apenas, lo suficiente para bajar la voz.
«Escúcheme bien, profesor. Usted enseña vocales. Yo mantengo esta escuela funcionando. No confunda su escritorio con un juzgado».
«Solo quiero asegurarme de que Valeria esté bien».
«Valeria está bien cuando nadie le mete ideas en la cabeza».
La niña subió a la camioneta sin mirar atrás. Ramiro cerró la puerta con un golpe seco.
«Hay gente que pierde trabajos por meterse en familias ajenas», añadió. «Y hay gente que pierde más que eso».
La camioneta arrancó, dejando una nube de polvo y el olor agrio del combustible.
Julián se quedó en la banqueta, con la certeza de que acababa de ver el contorno de algo enorme y oscuro.
Volvió al salón cuando ya no quedaban niños. Las sillas estaban levantadas sobre los pupitres, menos una: la de Valeria. Julián se acercó para acomodarla y vio un papel arrugado debajo.
Lo levantó.
Era una hoja de dibujo doblada con fuerza, como si alguien hubiera querido hacerla desaparecer. Al abrirla, el aire pareció enfriarse.
Valeria había dibujado una silla negra, enorme, en el centro de una habitación. Alrededor había rayones rojos, no claros, no explícitos, pero violentos. En una esquina aparecía una