muevas de ahí. Ya voy por ti. Ya voy.
No entendí cómo sabía dónde estaba.
Luego recordé que la cabina tenía un cartel del mercado encima y que quizá la operadora, quizá alguien, quizá Dios, no sé, podía decírselo.
—¿Estás sola? —preguntó ella.
—Sí.
—¿Te duele algo?
Miré la venda sucia de mi brazo.
—La mano.
Su respiración se quebró otra vez.
—Háblame, Martina. No cierres los ojos. Dime qué ves.
Le conté del perro negro echado bajo el camión. De una bicicleta sin asiento. Del letrero roto del almacén. De la nieve pegada al vidrio. Le hablaba porque sentía que si dejaba de hacerlo desaparecería.
No sé cuánto pasó. Diez minutos. Veinte. Una vida entera.
Entonces vi dos vehículos doblar la esquina levantando agua sucia y nieve. Uno era una camioneta vieja. El otro, una patrulla.
La puerta de la camioneta se abrió antes de que se detuviera del todo. Bajó una mujer sin gorro, con el cabello oscuro lleno de copos, la cara desencajada y los ojos clavados en la cabina como si el mundo dependiera de eso.
Abrió la puerta de golpe y se quedó quieta.
Yo también.
Nos miramos apenas un segundo y tuve la certeza extraña, profunda, imposible, de que ya conocía ese rostro.
No por el cartel.
Por algo anterior al recuerdo.
—Martina —dijo.
No lo dijo como quien adivina. Lo dijo como quien sobrevive.
Quiso abrazarme, pero al ver mi brazo se quedó rígida. Bajó despacio hasta ponerse de rodillas frente a mí, en el piso mojado de la cabina, y me sostuvo la cara con las dos manos.
Sus dedos estaban helados.
Su tacto no.
—Soy tu mamá —dijo—. Perdóname. Perdóname por no llegar antes.
Y entonces me derrumbé.
Lloré pegada a su cuello, oliendo perfume viejo, nieve derretida y jabón. Sentí cómo ella temblaba tanto como yo. Afuera, un hombre alto de barba canosa hablaba con un policía. Más tarde supe que era mi abuelo Tomás.
La patrulla me llevó al hospital.
Mamá —todavía me cuesta explicar lo raro que fue pensar esa palabra y que por fin significara algo tibio— no soltó mi mano sana en todo el camino. Preguntaba una y otra vez si tenía frío, si me mareaba, si quería agua. Cada vez que yo cerraba los ojos, me rozaba la frente para asegurarse de que seguía despierta.
En urgencias me quitaron la venda pegada a la quemadura. Dolió tanto que mordí la manta. Un médico dijo que había infección y que era un milagro que no hubiera llegado más tarde. Otra enfermera me revisó los pies, los pulmones, la fiebre.
Mamá respondió todas las preguntas como si la vida se le fuera en eso. A algunas no sabía qué contestar y eso la destrozaba más.
—No sé cuánto pesa ahora.
—No sé si es alérgica a algo.
—No sé qué vacunas le pusieron.
Cada no sé caía entre nosotras como una piedra.
Cuando por fin quedamos solas en un cuarto pequeño, ella sacó de su bolso una fotografía gastada.
En la imagen aparecía una niña mucho más pequeña sentada en sus piernas frente a una plaza. Yo llevaba un abrigo rojo y sonreía con la boca abierta. Junto a nosotras estaba un hombre joven, flaco, con gesto serio y ojos conocidos.
Julián.
Se me cerró el pecho.