El piano dejó una nota suspendida cuando Alma cruzó la puerta de servicio con el uniforme gris manchado de salsa.
El Salón de los Vitrales, iluminado por lámparas doradas y velas altas, quedó congelado en una especie de silencio imposible. Las copas dejaron de tintinear. Los invitados de la Fundación Aranda, vestidos de gala, giraron la cabeza al mismo tiempo hacia la mujer que acababa de entrar por accidente con una bandeja de platos vacíos.
Alma Rivas no pertenecía a ese mundo. Había llegado aquella tarde como reemplazo de una camarera enferma, con zapatos prestados y una libreta doblada en el bolsillo. Su trabajo era invisible: retirar vajilla, servir agua, sonreír sin mirar demasiado a los ojos.
Pero una niña de vestido blanco se soltó de la mano de su institutriz y corrió hacia ella como si hubiera esperado ese momento toda su vida.
—¡Mamá!
Alma bajó la bandeja justo a tiempo. La niña se estrelló contra su cintura y la abrazó con tanta fuerza que le cortó la respiración.
—Mi amor, cuidado —susurró Alma, más por instinto que por certeza.
La palabra le salió natural. Demasiado natural.
La pequeña levantó la cara. Tenía los ojos inundados, las pestañas pegadas y una expresión de alivio que no parecía de una niña confundida, sino de alguien que al fin había encontrado una puerta abierta en una casa ardiendo.
—Volviste —dijo—. Yo sabía que ibas a volver.
Al fondo del salón, Tomás Aranda se puso de pie.
Durante cuatro años, Tomás había aprendido a moverse como un hombre incompleto. Había firmado documentos, presidido reuniones, sonreído en fotografías oficiales y criado a su hija Nina con una ternura torpe, sin conseguir llenar el hueco que dejó Clara, su esposa, cuando desapareció una noche de tormenta en la carretera de San Telmo.
Nunca encontraron el cuerpo. Solo el auto con las puertas abiertas, el bolso de Clara atorado entre unas ramas y una alianza marcada por el lodo.
La familia habló de tragedia. La prensa habló de accidente. Tomás habló de ella hasta quedarse sin voz, y luego dejó de hablar.
Ahora miraba a la mesera como si el duelo hubiera decidido ponerse de pie frente a él.
—Clara… —dijo.
Alma sintió que ese nombre le golpeaba el pecho.
—No —respondió, retrocediendo—. Yo me llamo Alma.
Rebeca Salvatierra avanzó desde la mesa principal. Alta, impecable, con el cabello recogido y un vestido azul oscuro que parecía hecho para no arrugarse nunca, sonrió sin calidez.
—Esto es absurdo —dijo—. Tomás, Nina ha pasado una semana terrible. La psicóloga advirtió que podía inventar presencias. Esta mujer trabaja aquí. Seguridad, por favor.
Dos guardias dieron un paso.
—No —ordenó Tomás.
No gritó. No hizo falta. El salón entero entendió que esa palabra pesaba más que cualquier escándalo.
Rebeca parpadeó, herida en su orgullo.
—¿Vas a creerle a una niña asustada?
Tomás no la miró. Sus ojos seguían fijos en Alma.
Vio la pequeña cicatriz sobre la ceja derecha, esa línea fina que Clara se hizo al caer de una bicicleta cuando tenía nueve años. Vio el lunar claro cerca de la muñeca, casi oculto bajo la manga. Vio, sobre todo, la forma en que Alma apretaba el pulgar contra la palma cuando sentía miedo.
Clara hacía lo mismo.
Siempre.
Alma tragó saliva. No entendía por qué aquel