que ya no ardían.
Esa noche caminé hasta mi antiguo barrio. No pasé por la casa de Iván. Pasé por la panadería donde mi mamá compraba conchas los domingos y por la esquina donde Patricia y yo esperábamos el camión cuando éramos estudiantes. La ciudad seguía ahí, indiferente y viva. Los árboles habían crecido. Las banquetas estaban rotas. Una niña reía mientras perseguía a un perro con una mochila rosa golpeándole la espalda.
Pensé en todas las versiones de mí que habían creído no sobrevivir.
La esposa que pedía perdón por no embarazarse.
La amiga que no quiso ver señales.
La mujer que firmó un divorcio con la mano temblando.
La invitada que entró a un salón lleno de gente esperando verla romperse.
Todas habían llegado hasta ahí conmigo.
Compré un ramo de girasoles y lo llevé a mi departamento. Los puse en un florero junto a la ventana. La misma ventana donde meses antes había abierto una invitación diseñada para humillarme.
El sol de la tarde tocó los pétalos y llenó la cocina de amarillo.
Entonces entendí algo simple, casi pequeño, pero definitivo.
No todas las mujeres nacen para quedarse solas.
Algunas solo necesitan que se vaya la gente equivocada para escuchar, por fin, su propia vida entrando por la puerta.