salió de la cuenta de Julián una semana después, a nombre de una empresa vinculada a su prometida, Camila.
Cada prueba era una pieza.
Cada pieza hacía que Mariana sintiera menos culpa y más rabia.
El sábado por la tarde, llegó una caja blanca.
Dentro había tres vestidos.
Mariana se quedó mirando el suyo: azul noche, manga sencilla, tela suave, elegante sin exagerar.
Los de las niñas eran color crema, con pequeñas cintas en la cintura.
—No pedí esto —le dijo a Tomás por teléfono.
—Lo sé.
—No quiero parecer rica.
—No tiene que parecer rica.
Tiene que dejar de parecer derrotada solo para que otros estén cómodos.
Mariana colgó sin responder.
Se enojó con él durante una hora.
Luego se probó el vestido frente al espejo del baño, donde la luz marcaba ojeras y cansancio.
No se vio rica.
No se vio distinta.
Se vio de pie.
Renata apareció detrás de ella.
—Pareces tú, pero sin esconderte.
Mariana tuvo que apoyar una mano en el lavamanos.
—¿Eso es bueno?
Sofía asomó la cabeza por la puerta.
—Es buenísimo.
El domingo, antes de salir, Mariana peinó a sus hijas con cuidado.
Sofía pidió llevar una de las coronas de cartón, pero Mariana le explicó que aún estaban en la casa azul, guardadas por Tomás en una caja.
—¿Las recuperaremos? —preguntó la niña.
Mariana miró su reflejo en el espejo.
—Sí.
No sabía cuándo, pero esa vez no lo dijo para calmarla.
Lo dijo porque estaba decidida.
El Club Hacienda Los Álamos brillaba como una postal de otro mundo.
Jardines perfectos, fuentes iluminadas, meseros con guantes negros.
En la entrada, un arco de flores blancas recibía a los invitados.
El tipo de lugar donde la pobreza no entraba a menos que llevara charola.
Mariana bajó del coche con una mano en cada hija.
Tomás se quedó unos pasos atrás.
Habían acordado que él no entraría con ellas.
Estaría cerca, junto con Irene, pero Mariana cruzaría la entrada sola.
Julián la vio desde el jardín.
Su sonrisa apareció por costumbre y murió por sorpresa.
Llevaba un traje gris claro, demasiado ajustado, y un pañuelo color vino.
A su lado estaba Camila, su prometida, vestida de verde esmeralda, con una copa en la mano y una expresión de superioridad cuidadosamente ensayada.
Julián se acercó.
—Vaya —dijo, mirándola de arriba abajo—.
Alguien hizo un esfuerzo.
Mariana sintió el antiguo impulso de justificarse.
Explicar.
Bajar la mirada.
Decir que el vestido era prestado, que no quería incomodar, que solo venía por las niñas.
No lo hizo.
—Buenas tardes, Julián.
Él miró a las niñas.
—Saluden bien.
Renata levantó la barbilla.
—Buenas tardes.
Sofía se escondió un poco detrás de su madre, pero no soltó su mano.
Camila sonrió con frialdad.
—Qué bueno que vinieron.
A Lucía le hacía ilusión tener a toda la familia, incluso las partes complicadas.
Mariana sostuvo su mirada.
—Las partes complicadas suelen ser las más interesantes.
Camila parpadeó.
Julián soltó una risa seca.
—No empieces.
—No he empezado nada.
Él se inclinó apenas hacia ella.
—Recuerda dónde estás.
Mariana miró el jardín, las mesas, las luces, los familiares que ya empezaban a observar.
—Lo recuerdo perfecto.
Durante la ceremonia, Mariana se sentó con sus hijas en una mesa lateral.
Lucía, la novia, parecía feliz y nerviosa, ajena a la guerra escondida