sí, y artistas, y clientes habituales. Pero también hubo reglas claras, una gerencia nueva y un detalle que Camila exigió conservar: en la entrada, junto al atril de recepción, una placa discreta decía que cualquier persona podía reportar un abuso, viniera de donde viniera, sin temor a represalias.
Marisol, con uniforme nuevo y la espalda mucho más recta, estaba a cargo del piso principal.
Julián seguía en seguridad.
Pero ahora, cuando veía a alguien alzar demasiado la voz contra un empleado, no esperaba órdenes.
Cerca de la medianoche, Beatriz tomó la mano de Camila y le devolvió el anillo de sello.
—Ya no es un préstamo —dijo.
Camila miró la camelia grabada bajo la luz cálida del salón renovado. Aquel metal había cambiado el curso de una madrugada, pero no era eso lo más importante.
Lo verdaderamente importante era lo que había hecho después.
Se lo puso en el dedo con calma.
Al otro lado del salón, una pareja reía en una mesa donde antes solo se sentaban personas elegidas por apellido. En la barra, un mesero recibió una propina y se la guardó sin miedo a que alguien se la quitara. La música llenaba el espacio, pero ya no sonaba como amenaza.
Camila recorrió con la mirada la pista, las luces, el reflejo limpio del cristal.
En el mismo lugar donde una noche le tiraron dinero encima para recordarle, supuestamente, que no pertenecía, ahora había gente disfrutando sin miedo.
Y por primera vez en mucho tiempo, el club sí parecía suyo.