te atrevas.
Él tragó saliva.
—Te amé.
Eso no era mentira.
—Precisamente por eso duele más.
Hubo un silencio corto, pesado.
Después Elena hizo la pregunta que llevaba meses atravesándola por dentro.
—¿Qué pasó con las alarmas?
Adrián frunció el ceño.
Parecía no entender al principio.
Luego el color se le fue del rostro.
—¿Qué sabes?
Antes de que pudiera responder, alguien tocó dos veces la puerta.
Inés entró sin esperar permiso.
—Señorita Elena, la capilla ya está abierta.
La capilla privada de la mansión quedaba al final de un corredor poco usado, detrás de una galería de retratos familiares.
Era pequeña, fría, más decorativa que sagrada.
Inés avanzó hasta el altar lateral y señaló una moldura de madera tallada.
La tarjeta magnética abrió un compartimento del tamaño de una caja de zapatos.
Dentro había una memoria USB, una libreta de notas de Esteban y un sobre con copias certificadas del registro de accesos internos.
Elena hojeó la libreta sentada muy recta, con el corazón golpeándole las costillas.
Esteban había anotado fechas, montos, nombres.
Varias páginas estaban dedicadas a un mismo asunto: «override alarmas estacionamiento – llave ejecutiva 01».
Junto a la clave había dos palabras subrayadas: «Despacho Beatriz».
—Dios mío —murmuró Adrián detrás de ella.
Inés no lo miró.
—Don Esteban decía que la señora no toleraba retrasos.
Ese día había inversionistas extranjeros.
Nadie debía salir corriendo ni gritando.
Elena levantó la memoria como si pesara una tonelada.
—¿Qué hay aquí?
—Lo que él alcanzó a copiar antes de morir —respondió Inés—.
Y lo que yo ya no estoy dispuesta a callar.
Volvieron al salón justo cuando el cuarteto retomaba una pieza ridícula para ocultar la tensión.
Elena no pidió permiso.
Le entregó la memoria al encargado de audiovisuales, un hombre que llevaba veinte años trabajando para la fundación y que esa noche evitó mirar a Beatriz.
—Ponlo en la pantalla principal —dijo.
—Te prohíbo…
—empezó Beatriz.
—Llámele a seguridad —la interrumpió Elena, elevando la voz—.
Pero antes explíqueles por qué alguien usó la llave ejecutiva de su despacho para apagar una alarma de evacuación.
El salón entero quedó inmóvil.
La pantalla gigante parpadeó.
Apareció el video de una cámara de seguridad del estacionamiento, con fecha y hora impresas en la esquina.
Obreros cruzando.
Invitados descendiendo.
Luego, un encuadre del cuarto de alarmas.
Un hombre entró mirando a ambos lados.
Tecleó un código.
Desactivó el sistema.
Al levantar la cabeza un segundo, su rostro quedó claro.
Rogelio Ponce.
Un murmullo feroz se extendió como fuego en pasto seco.
Beatriz dio un paso atrás.
Adrián se quedó petrificado.
Elena sintió que el aire por fin cambiaba de dueño.
Entonces se abrieron las puertas principales.
—No hace falta repetirlo —dijo una voz ronca desde la entrada—.
Yo mismo puedo decir quién me dio la orden.
Rogelio entró escoltado por dos agentes y una fiscal de traje oscuro.
Estaba más delgado, más viejo, con la mirada vacía de quien ha dormido mal durante meses.
Se detuvo a pocos metros de Beatriz y sacó un sobre grueso del interior del saco.
—Yo apagué las alarmas —dijo—.
Pero la orden vino de la señora Salvatierra.
Quería evitar el pánico antes de la visita de inversionistas.
También me ordenó desaparecer los reportes de la ingeniera Rivas y preparar el expediente para responsabilizarla.
Beatriz recuperó algo