—Mariana, por favor.
Hoy no.
Ese «hoy no» le cayó encima con más peso que cualquier insulto.
Hacía meses que Diego hablaba así: como si el embarazo hubiera sido una campaña diseñada para molestarlo.
Cuando Mariana tuvo náuseas, él dijo que exageraba.
Cuando el médico ordenó reposo, él dijo que ella disfrutaba hacerlo sentir culpable.
Cuando nació Alma y Mariana lloró de alivio en quirófano, Diego le tomó una foto sin pedir permiso y la subió con una frase sobre la familia perfecta.
La familia perfecta ahora estaba compuesta por una madre desangrándose, una bebé llorando y un padre preocupado por la carne asada en la playa.
—Llama a Inés —pidió Mariana—.
O a una ambulancia.
Por favor.
Diego soltó una risa breve, sin humor.
—¿Una ambulancia? ¿Para que todos los vecinos se enteren y después digan que soy un monstruo porque me fui a celebrar mi cumpleaños?
—No puedo cuidar a Alma así.
—Entonces acuéstate.
Ya vendrá mi mamá mañana.
—No voy a aguantar hasta mañana.
Él apretó los labios.
Detrás de él, en la sala, se veía la hielera roja, una bolsa con carbón, un sombrero de playa y la maleta negra que Mariana le había regalado en su aniversario.
Diego había planeado el fin de semana en una casa frente al mar con sus amigos desde antes de que Alma naciera.
A Mariana le había parecido cruel que insistiera en irse tan pronto, pero no había discutido.
Estaba demasiado cansada para pelear por cada pedazo de consideración.
Ahora no pedía consideración.
Pedía ayuda.
Diego dio un paso hacia ella.
Por un instante Mariana creyó que iba a agacharse, que finalmente iba a tocarle la frente, cargar a la niña, marcar al hospital.
Pero él solo miró el tapete.
—No puedo creer que hayas manchado eso —dijo—.
Mi mamá se va a poner furiosa.
Algo se apagó dentro de Mariana.
—Diego, mírame.
Él no la miró.
—Siempre haces esto.
Desde que supiste que estabas embarazada, todo tiene que girar alrededor de ti.
Mariana estiró la mano y le agarró el tobillo.
No con fuerza.
Ya no tenía fuerza.
Apenas fue un roce, una súplica humana.
—No me dejes sola.
Diego se soltó como si ella lo hubiera ensuciado.
—No me manipules usando a la bebé.
Es mi cumpleaños treinta y cinco.
Merezco una noche tranquila.
Alma lloró más fuerte.
Mariana intentó girarse hacia el moisés, pero una punzada le cruzó la espalda y le arrancó el aire.
El mundo se volvió estrecho.
La cómoda blanca, el móvil de estrellas, la lámpara con forma de luna, la sombra de Diego en la puerta.
—Voy a poner el celular en modo avión —dijo él desde la entrada—.
No quiero mensajes dramáticos.
Luego se fue.
La puerta principal se cerró con un golpe que hizo vibrar el portarretratos de la pared.
Mariana escuchó el elevador bajar.
Después, por la ventana entreabierta, oyó risas masculinas, una cajuela cerrándose, alguien diciendo que iban tarde, el motor de la camioneta alejándose por la calle arbolada del edificio.
Afuera, la tarde continuó con una normalidad insoportable.
Un perro ladró.
Una vecina regó macetas en el balcón.
En algún departamento sonaba una licuadora.
La ciudad seguía su ritmo mientras Mariana sentía que el suyo se iba apagando.
Su celular estaba sobre la cómoda, conectado al cargador.