el otro lado del patio, pero Daniel vio que sus ojos brillaban.
—Mi papá tiene una foto parecida.
—¿Tu papá tiene una foto de ti?
—No. De un niño.
Daniel sintió que el aire cambiaba de temperatura.
—¿Qué niño?
—No sé. Pero siempre la mira cuando cree que nadie lo ve. Está en su estudio, en un marco plateado. El niño está junto a una fuente. Tiene una camiseta a rayas y un zapato desatado.
Daniel bajó la mirada hacia sus propios tenis.
El cordón izquierdo estaba flojo.
Ella también lo vio.
—Siempre se te desatan los cordones.
—Es una condición médica —dijo Daniel.
—No creo que exista esa condición.
—Todavía no la han descubierto.
Esta vez Ella sí sonrió.
Fue rápido, casi secreto, pero apareció.
Y por alguna razón, a Daniel le dolió un poco verla sonreír.
Como si esa sonrisa hubiera estado perdida en algún lugar y acabara de regresar.
—¿Tu mamá habla de tu papá? —preguntó Ella.
Daniel negó con la cabeza.
—Dice que algunas familias son diferentes.
—Eso no responde la pregunta.
—Ya sé. Pero los adultos creen que si dicen algo suave, los niños dejamos de escuchar.
Ella suspiró.
—Mi papá dice que mi mamá se fue cuando yo era bebé.
—¿Se fue a dónde?
—No dice.
—Eso tampoco responde la pregunta.
—Ya sé.
Se quedaron callados mientras una pelota rodaba cerca de ellos. Daniel la empujó con el pie hacia los otros niños, pero no se levantó.
Ella juntó las manos sobre la falda.
—Creo que nuestros padres se conocían.
—Tal vez eran amigos.
—Tal vez.
Pero ninguno de los dos creyó mucho en esa palabra.
Porque las fotos escondidas no se guardan por amistad común.
Las madres no lloran por una foto cualquiera.
Los padres poderosos no esconden marcos plateados detrás de escritorios cerrados con llave por simple nostalgia.
—Mañana traigo la foto —dijo Daniel.
Ella lo miró de inmediato.
—Yo también.
—¿No te meterás en problemas?
Ella pensó en eso.
—Probablemente.
—Yo también.
—Entonces debemos ser cuidadosos.
Daniel asintió con solemnidad.
—Como detectives.
—Como detectives que quizá descubran algo terrible.
Daniel tragó saliva.
—Sí. Como esos.
A la salida, Daniel esperaba ver el Honda gris de su madre. Pero quien apareció fue Lola en su Jeep amarillo, con lentes grandes y una sonrisa que se le borró apenas vio a Ella.
No del todo.
Pero Daniel lo notó.
Lola era buena fingiendo con adultos. No tanto con niños que ya estaban mirando demasiado.
—Tu mamá tuvo un turno extra —dijo Lola, acariciándole el cabello—. Vamos, campeón.
Daniel señaló a Ella.
—Ella es mi nueva amiga.
Lola miró a la niña.
Esta vez sí la vio.
La vio de verdad.
Y por un segundo, su rostro perdió color.
—Hola —dijo Ella con educación.
Lola abrió la boca, la cerró y luego sonrió demasiado fuerte.
—Hola, cielo.
Daniel frunció el ceño.
Lola conocía esa cara.
Tal vez no a Ella.
Pero sí esa cara.
En el Jeep, Daniel preguntó:
—¿Conoces a los Moretti?
Lola casi se saltó un semáforo.
—¿Por qué preguntas eso?
—Ella está en mi clase.
Lola apretó el volante.
—Daniel, escucha. No debes meterte en asuntos de adultos.
—Pero yo soy un niño. Si Ella está en mi clase, entonces es un asunto de niños.
Lola no respondió.
Y eso, para