Estaba una promesa de compraventa de mi departamento a nombre de Carolina por una cantidad ridícula, casi simbólica.
Y al final, como testigo, aparecía Mateo.
Me senté en el piso frío de la lavandería.
Mi casa no había sido invadida por necesidad.
Había sido estudiada desde adentro.
Mientras yo pagaba leche, internet y medicinas, ellos medían el tamaño de mi patrimonio.
Mientras yo prestaba mi estudio, revisaban mis cajones.
Mientras yo cocinaba para sus hijos, preparaban papeles para quitarme el techo.
A las diez de la mañana, llegué a la notaría con Mariana.
No fui a gritar.
No fui a pedir perdón ni a escuchar sermones familiares.
Fui con copias impresas, capturas guardadas en la nube, reporte médico y la grabación de Irene donde se veía a doña Elvira lanzándome la fuente.
Ramiro estaba en la sala de espera.
Al verme, se levantó tan rápido que casi tiró una silla.
—Lucía, qué bueno que viniste.
Ayer todos estábamos alterados.
Doña Elvira estaba junto a la ventana, con lentes oscuros, vestida de negro como si el papel de víctima le quedara cómodo.
Carolina se sentaba en una esquina, abrazando su bolsa.
Mateo llegó al último.
Me vio la venda y tuvo la decencia de bajar los ojos.
—Podemos hablar solos —dijo.
—Ya hablamos demasiado a solas.
Mariana colocó su carpeta sobre la mesa de juntas.
—Vamos a hacerlo en orden.
Mi clienta no reconoce ninguna solicitud de crédito, ninguna promesa de compraventa ni ninguna autorización relacionada con su inmueble.
Además, tiene evidencia de sustracción de e.firma, falsificación de firma y violencia física para presionarla.
Doña Elvira soltó una risa seca.
—Ay, licenciada, no exagere.
Esto es una familia, no una novela policiaca.
Mariana no sonrió.
—Precisamente por eso es más grave.
La confianza familiar se usó para cometer actos fraudulentos.
Ramiro empezó a sudar.
Carolina miraba la mesa.
Mateo apretaba las manos como si rezara.
—Lucía —dijo él—, yo iba a contártelo.
—¿Antes o después de hipotecar el departamento de mi papá?
La pregunta cayó entre nosotros como una piedra.
Doña Elvira se quitó los lentes.
Tenía los ojos rojos, pero no de culpa.
De furia.
—Tu papá ya está muerto.
Mi hija está viva y necesita dónde vivir.
Sentí que Irene, detrás de mí, inhalaba con rabia.
Yo no me moví.
—Mi papá está muerto, sí.
Por eso no puede defender lo que dejó.
Lo defiendo yo.
Mateo se quebró un poco ahí.
No lloró, pero se le desarmó la voz.
—Era temporal.
El crédito iba a servir para el negocio de Ramiro.
Carolina iba a aparecer como compradora solo para facilitar el trámite.
Después lo arreglábamos.
—¿Arreglar qué? ¿Mi firma falsa? ¿Mi memoria robada? ¿La fuente que tu mamá me tiró porque no obedecí?
Él no contestó.
Miró a su madre, buscando permiso hasta para sentir vergüenza.
El notario entró con el expediente en la mano.
Su rostro había cambiado desde que Mariana habló con él en privado.
Ya no parecía un funcionario aburrido; parecía un hombre que acababa de entender que su oficina podía aparecer en una denuncia penal.
—No se firmará nada hoy —dijo—.
Y dejaré constancia de que la titular niega cualquier autorización previa.
Ramiro se levantó.
—Esto nos va a destruir.
Yo pensé en mi escritorio convertido en cama ajena, en mis juntas interrumpidas, en