Que olvidan quién las crió.
Algunas cabezas comenzaron a girar.
Paula no bajó la mirada. Mauricio sonrió contra el borde de su copa.
Entonces mi madre extendió la mano hacia mí como si me estuviera presentando en un teatro.
—Ahí está mi hija Inés. La que decidió no ayudar a su hermana en el día más importante de su vida.
El salón se hizo pequeño.
La banda dejó de tocar a medias, como si los músicos no supieran si aquello era parte del programa. Un primo que no veía desde Navidad soltó una risita incómoda. Mi tía Carmen se llevó una mano al pecho con una teatralidad que me dio ganas de reír y llorar al mismo tiempo.
—Mamá —dije en voz baja, pero mi voz se escuchó porque ya nadie hablaba—. No hagas esto.
Ella ladeó la cabeza.
—¿Esto? ¿Decir la verdad?
Paula dio unos pasos hacia mí. El vestido de encaje arrastraba sobre el piso brillante. Parecía una novia de revista, hasta que abrió la boca.
—No queríamos llegar a esto, Inés.
—Entonces no lleguen.
Mauricio se colocó detrás de ella, con las manos en los bolsillos.
—Todos aquí deberían saber cómo eres realmente —dijo—. Porque para las fotos sí viniste. Para ayudar, no.
Yo sentí el calor subirme al rostro.
Tres semanas antes, Paula se había presentado en mi oficina sin avisar.
Yo dirigía una pequeña consultoría contable en Querétaro. Nada lujoso. Un local con ventanales, tres escritorios, plantas que yo olvidaba regar y una cafetera que hacía más ruido que café. Ese lugar era el resultado de doce años de jornadas dobles, fines de semana sin descanso y una disciplina que nadie de mi familia quiso ver porque les convenía llamarla suerte.
Paula llegó con gafas oscuras, un bolso caro y una carpeta rosa.
—Necesito que me transfieras ciento ochenta mil dólares —dijo, como quien pide que le pasen la sal.
Pensé que había escuchado mal.
—¿Para qué?
—Para estabilizarnos. La boda salió más cara de lo planeado. Mauricio tiene unos pagos pendientes. Y queremos empezar bien, sin presiones.
Abrí la carpeta. Había cotizaciones de hoteles en París, Roma y Santorini. Un contrato de preventa para un departamento. Estados de cuenta con intereses enormes.
—Esto no es estabilizarse —le dije—. Esto es borrar deudas y financiar lujos.
Paula cruzó los brazos.
—No seas dramática. Tú tienes dinero guardado.
—Tengo ahorro para mi retiro, para impuestos, para emergencias y para crecer el negocio.
—No tienes hijos. No tienes esposo. ¿Para qué lo quieres todo?
Esa frase me dejó helada.
No porque fuera nueva, sino porque resumía lo que todos pensaban. Que mi vida, al no parecerse a la de ellos, estaba disponible. Que mis planes no contaban porque no venían envueltos en vestido blanco ni pañales ni apellidos de otros.
—No voy a darte ese dinero —respondí.
Paula me miró como si yo acabara de escupirle.
—Mamá tenía razón. Siempre fuiste envidiosa.
Después vinieron las llamadas. Los mensajes. Las frases de mi madre.
“Una hermana buena no pregunta tanto.”
“Tu padre se va a enfermar de la impresión.”
“Dios te está viendo.”
Y mi padre, con su voz suave:
—Inés, a veces uno da aunque duela.
Yo le pregunté si él sabía que Paula quería usar una parte para cubrir deudas de Mauricio.
Hubo un silencio largo.