Damián. Gente que no tiene por qué saber nuestros problemas. Necesitamos una foto familiar normal.
Normal significaba obediente. Callada. Útil.
Fui por Alma, no por ellos. Mi hija quería ver a su tía vestida de novia. Y una parte absurda de mí, esa parte que aún recordaba a Renata durmiendo en mi cama cuando tenía miedo de los truenos, pensó que quizá algo podía cambiar.
No cambió.
Desde que entramos, mi madre nos vigiló como si fuéramos una mancha de vino sobre un mantel caro. Renata me abrazó sin tocarme demasiado, cuidando que mi pelo húmedo por la brisa no rozara su velo.
—Gracias por venir —me dijo, mirando por encima de mi hombro.
—Te ves hermosa.
—Sí. Bueno… trata de que Alma no corra. Hay cosas muy caras por todas partes.
Damián Ferrer, el novio, llegó después. Alto, bronceado, sonrisa de revista, dueño de una empresa de desarrollos turísticos que mi padre celebraba como si fuera una corona. Me saludó con dos dedos apenas.
—Mariana. Había escuchado que venías.
—Damián.
Miró a Alma. Por un segundo, su sonrisa se tensó. Fue tan breve que cualquiera lo habría pasado por alto. Yo no.
—Tu niña tiene ojos curiosos —dijo.
Alma se escondió detrás de mi pierna.
—Se llama Alma.
—Claro.
Algo en su manera de decirlo me incomodó. No era desprecio simple. Era reconocimiento.
La primera señal llegó antes de la cena. Vi a Damián discutiendo con Renata junto a una puerta de servicio. Ella tenía los ojos brillantes, él le hablaba entre dientes.
—Me aseguraste que él no vendría —alcancé a oír.
Renata miró alrededor, nerviosa.
—No va a venir. Nadie lo invitó.
—No se trata de invitaciones. Se trata de control.
Cuando me vieron, cambiaron de postura. Damián sonrió demasiado rápido.
—Problemas de proveedores —dijo.
Yo no pregunté. Aprendí hacía mucho que en mi familia las preguntas eran castigadas.
La segunda señal llegó durante el brindis. Mi padre anunció que la unión entre Renata y Damián no solo era un matrimonio, sino el inicio de una nueva etapa para el Grupo Luján.
—Con esta alianza —dijo, levantando su copa— recuperaremos el lugar que nunca debimos perder.
Mi madre lloró discretamente. Renata sonrió. Damián apretó la mano de mi padre con una confianza que parecía ensayada.
Yo entendí entonces que esa boda era también un negocio.
Alma se había aburrido. Dibujaba barquitos en una servilleta con un lápiz que yo llevaba en el bolso. De vez en cuando levantaba la vista hacia el agua.
—¿Crees que ahí vivan sirenas? —me preguntó.
—Quizá sirenas con mucho frío.
Se rio bajito.
Después vino el prendedor.
Damián lo sacó de una caja de terciopelo frente a un grupo de invitados. Era una pieza pesada, de oro envejecido, con un zafiro azul oscuro en el centro. Contó que había pertenecido a una familia europea y que sería subastado después de la luna de miel para apoyar una fundación de niños pobres.
Lo dijo con voz noble, pero sus ojos solo buscaban admiración.
Alma dejó caer una servilleta. El viento la arrastró hacia la zona donde Damián presumía su joya. Ella se levantó para recogerla.
—Alma, espera —dije.
Pero ya estaba allí. Se agachó, tomó la servilleta y, al incorporarse, rozó apenas el codo de Damián. El prendedor salió de sus dedos.
Todo ocurrió