excusa de comprar artículos de limpieza especiales. Llevó la muestra a un laboratorio privado. Pagó con los ahorros que le quedaban. Pidió un análisis urgente.
Cuando recibió la llamada al día siguiente, tuvo que apoyarse contra una pared.
El líquido no era un suplemento.
No era medicina.
Contenía sedantes y sustancias que, administradas en dosis pequeñas y constantes, podían provocar debilidad extrema, confusión, pérdida de apetito, dolores, alteraciones neurológicas y un deterioro que se parecía demasiado a una enfermedad terminal.
Julia no lloró.
No podía permitírselo.
Fue directo al estudio de Richard.
Él estaba sentado entre papeles médicos. Tenía la corbata floja, la barba de dos días y una libreta abierta donde anotaba los síntomas de Luna con una precisión desesperada.
—Julia, ahora no es buen momento —dijo sin levantar mucho la vista.
Ella cerró la puerta detrás de sí.
—Su hija no está muriendo por una enfermedad.
Richard levantó la mirada lentamente.
—¿Qué dijo?
Julia puso el informe sobre el escritorio.
—La están envenenando.
Durante unos segundos, Richard no se movió.
Luego tomó las hojas.
Leyó la primera página.
Después la segunda.
Su rostro cambió de una forma terrible. La incredulidad dio paso a la confusión, la confusión al horror, y el horror a una rabia tan profunda que parecía demasiado grande para salir en palabras.
—Esto no puede ser —susurró.
Julia le mostró las fotografías. Los frascos. El cuaderno. Las recetas. El documento legal. Luego le contó lo que escuchó a las dos y diecisiete de la madrugada.
Cuando mencionó la palabra mamá, Richard cerró los ojos.
Parecía que algo dentro de él se hubiera quebrado de una vez.
—Elena confiaba en Celeste —dijo.
—Luna le tiene miedo.
Esa frase fue más fuerte que cualquier prueba.
Richard se levantó.
Por un momento, Julia pensó que iba a salir corriendo a enfrentar a Celeste. Pero él se detuvo junto a la puerta, respiró con dificultad y volvió a mirar el informe.
—Si la acusamos sin preparar todo, puede destruir pruebas.
Julia asintió.
La desesperación seguía allí, pero Richard Wakefield no había construido un imperio sin aprender a atacar con precisión.
Esa misma noche llamó a un médico externo que no tenía vínculo con la familia. Llamó también a su abogado personal y a un detective privado que había trabajado para sus empresas. Nadie de la mansión fue informado.
El médico examinó a Luna bajo la excusa de una segunda opinión.
Tomó muestras.
Revisó dosis.
Miró a Richard con gravedad.
—Hay que sacarla de esa rutina inmediatamente.
Richard apretó los puños.
—¿Puede recuperarse?
El médico no prometió milagros.
Pero dijo la palabra que Richard llevaba meses sin escuchar.
—Sí.
Sí.
Una sílaba.
Un mundo entero.
La trampa se cerró dos noches después.
Celeste entró al ala de Luna como siempre, con la bandeja entre las manos. Caminaba tranquila, segura de que la casa seguía dormida, segura de que el dolor de un padre era la mejor cortina para esconder un crimen.
Pero al abrir la puerta del dormitorio, Richard estaba allí.
También el abogado.
También dos agentes.
Y Julia, de pie junto a la cama de Luna, sosteniendo la cajita de música.
Celeste se quedó inmóvil.
La taza tembló sobre la bandeja.
—Señor Wakefield —dijo—. La niña necesita su medicina.
Richard miró el frasco oscuro.
—Entonces no tendrá problema en