La empleada movió un tapiz y encontró a dos niños detrás del muro

mucha seriedad y añadió una tercera figura, más alta, con un delantal rectangular.

Lucía se rió sin querer.

—Me hiciste muy cuadrada.

Alma levantó los hombros.

—Siempre estabas parada en la puerta.

Era verdad.

Lucía miró la ventana abierta, el piso limpio, los libros nuevos, el dibujo todavía húmedo de cera. Recordó el olor del cuarto oculto, el aire viciado, la voz finita diciendo que no existía. Pensó en la cantidad de cosas que pueden pudrirse en una casa cuando todos se acostumbran a no hacer preguntas.

Luego oyó una risa.

No un sollozo apagado detrás de una pared.

Una risa abierta.

Venía de Nico, que perseguía a Alma entre los estantes mientras ella escondía el conejo dentro de una cesta para hacerlo desaparecer por juego y no por miedo.

Lucía se quedó quieta un momento, escuchándolos.

Después cerró los ojos, respiró hondo y dejó, por fin, de oír el muro.

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