junto a la patrulla, levantó la cabeza.
Yo miré al oficial.
—¿Puede quedarse conmigo esta noche mientras se aclara todo? No quiero que esté en medio de esto.
El oficial habló con el licenciado, luego con mi madre. Hubo llamadas, nombres, autorizaciones provisionales. La noche se llenó de trámites, pero por primera vez los trámites estaban de mi lado.
Finalmente, Mateo entró conmigo.
La sala olía a perfume caro y miedo. Mi foto de graduación seguía volteada contra la pared. Le pedí a Mateo que me la pasara. Él la tomó con cuidado y la puso sobre la mesa.
—¿Por qué la escondieron? —preguntó.
—Porque a veces la gente prefiere no mirar a quien está traicionando.
Mateo se sentó en el suelo, junto a mi silla.
—Yo sí te miré.
Le acaricié el cabello mojado.
—Lo sé.
Esa noche no dormimos mucho. El licenciado se quedó hasta tarde revisando cerraduras y documentos. Julián trajo café y pan dulce sin cobrar nada. Mi madre se fue con una vecina. Diego y Paula pasaron horas dando explicaciones que no arreglaban nada.
Al amanecer, la casa estaba en silencio.
La luz gris entró por las cortinas que yo había escogido. Vi el florero azul de la abuela sobre la mesa. Tenía polvo en la boca, como si nadie hubiera puesto flores desde su muerte. Le pedí a Mateo que buscara las bugambilias del patio. Él volvió con tres ramas torcidas y moradas.
Las puso en agua.
Luego empujó mi silla hasta la cocina, despacio, preguntando cada dos pasos si iba bien. Me hizo reír por primera vez en meses.
—No soy de cristal —le dije.
—Ya sé —respondió—. Eres de esas cosas fuertes que no se rompen aunque se caigan.
No supe qué contestar.
Días después, cambié las cerraduras. Contraté a una arquitecta para adaptar la planta baja. El cuarto de la abuela se convirtió en mi habitación. No quité sus fotos. No quería borrar su ausencia; quería vivir acompañada por lo que me dejó.
La denuncia siguió su camino. Diego intentó llamarme diecisiete veces. No contesté. Mi madre me mandó mensajes largos, llenos de perdones incompletos: perdón si te sentiste mal, perdón si las cosas se salieron de control, perdón si no supe actuar. Yo los leí una vez y luego los guardé. A veces el perdón empieza con una puerta cerrada.
Paula declaró para reducir su culpa. Admitió la llamada a la aseguradora, los documentos falsos, el intento de venta. Dijo que Diego le había prometido que todo sería fácil porque yo no tendría fuerzas para pelear.
Se equivocaron en muchas cosas.
Pero sobre todo se equivocaron en eso.
Un mes después, volví a poner mi foto de graduación en la pared. Al lado coloqué una fotografía de la abuela Elena sentada en el patio, con un sombrero blanco y una sonrisa de mujer que sabía más de lo que decía. Debajo puse una repisa baja, a mi altura, con una maceta de albahaca.
Mateo venía algunos fines de semana, autorizado por servicios familiares mientras el caso se aclaraba. Siempre entraba corriendo por la rampa, orgulloso de usarla como si fuera un puente secreto.
Una tarde, mientras preparábamos chocolate caliente, me preguntó:
—¿Extrañas caminar?
La pregunta no me dolió como antes.
Miré mis manos, más fuertes que meses atrás. Miré la