yo sabía la verdad.
Esa casa no era de Iván. Tampoco era de su madre, Aurora. Era de Camila.
La había comprado yo cuando ella cumplió veintitrés años, con parte del dinero que mi hermana dejó y con mis ahorros de media vida. No era una mansión. Era una casita de una planta en una calle tranquila, con un limonero pequeño en el patio y una ventana grande en la sala. Para mí representaba algo más importante que cualquier lujo: seguridad. Después de ver a mi hermana luchar sola, después de verla enfermar sin querer preocupar a nadie, me juré que Camila tendría al menos un lugar que nadie pudiera arrebatarle.
La escritura estaba a su nombre.
Solo de ella.
“Explícame”, dije, intentando controlar la voz.
Camila tragó saliva. Se acomodó la bebé contra el pecho y habló despacio, como si cada palabra le costara atravesar una puerta cerrada.
Iván debía recogerla a las once de la mañana. Habían discutido la noche anterior porque Aurora quería que la bebé se llamara como ella, y Camila se negó. La niña se llamaba Inés, como mi hermana. Iván se molestó, pero luego fingió ceder. Esa mañana le escribió diciendo que tenía un asunto urgente en el trabajo y que le mandaría un taxi por aplicación.
Camila estaba débil. Le dolía todo. Había dormido menos de una hora. Aun así, pensó que en casa podría descansar. Imaginó su cama, la cuna blanca junto a la ventana, la olla de caldo que una vecina prometió dejarle.
Pero cuando llegó, no pudo abrir la puerta.
La chapa no era la misma.
En la banqueta había bolsas negras.
Su ropa. Las sábanas de la bebé. Un paquete de pañales abierto. Dos marcos rotos. La caja de documentos que guardaba en el clóset. Y encima de todo, empapado por la llovizna, el vestido tejido que mi hermana había guardado durante años para su primera nieta.
Camila tocó el timbre.
Aurora abrió desde adentro con una taza de café en la mano.
“Llegas tarde”, le dijo.
Camila no entendió.
“Aurora, abra. Estoy sangrando. La niña tiene frío.”
La mujer miró a la bebé sin ternura.
“Esa niña va a estar mejor aquí. Tú puedes irte con quien quieras.”
Camila intentó entrar. Aurora puso el cuerpo en la puerta y detrás de ella aparecieron dos hombres, primos de Iván. Uno tenía un taladro en la mano. El otro sostenía una caja con chapas viejas.
“Esta casa es mía”, dijo Camila.
Aurora sonrió.
“No después de lo que firmaste.”
Camila creyó que era una mentira absurda, una amenaza lanzada para asustarla. Pero entonces Iván apareció desde el pasillo. No llevaba camisa de trabajo. No estaba en ninguna emergencia laboral. Tenía el cabello húmedo, como si acabara de bañarse, y ni siquiera se acercó a ver a su hija.
“Camila, no armes escena”, dijo. “Acabas de parir. Estás alterada.”
“Déjame entrar.”
“No te conviene.”
La vecina de al lado, doña Teresa, salió al oír los gritos. Vio la bata bajo el abrigo abierto, la palidez de Camila, la bebé tan pequeña, y corrió a traerle un suéter. Fue ella quien llamó a un taxi para llevarla de regreso al hospital cuando Camila sintió que se iba a desmayar. El hospital no volvió a ingresarla porque, según la recepción, el alta ya