no era contagioso.
Pero Bruno había elegido una cena.
Y los Rivas habían elegido humillarla en la habitación donde ella acababa de dar vida.
—Sí —dijo Mariana—. Cierra todos sus accesos.
—¿Tarjetas?
—Todas.
—Vehículos y oficina.
—También.
—Autorizaciones bancarias de Constructora Rivas.
Mariana respiró hondo.
—Revócalas.
—¿Tu padre ya sabe?
Mariana cerró los ojos.
—Voy a llamarlo ahora.
Teresa bajó la voz.
—Mariana, hay algo que debo decirte antes. Esta mañana recibí una alerta del notario. Bruno pidió copia certificada de algunos documentos del fideicomiso prenatal.
Mariana sintió que el dolor volvía, pero esta vez al centro del pecho.
—¿Para qué?
—No lo sé todavía. Pero no me gustó. Por eso dejé preparado el paquete de emergencia.
Mariana miró a Inés. Su hija dormía sin saber que su nombre ya estaba en documentos, cuentas y amenazas que ella no había elegido.
—Actívalo todo, Teresa.
Luego llamó a su padre.
Joaquín Salvatierra no era un hombre fácil de alterar. Había sobrevivido a crisis financieras, socios traicioneros y titulares de prensa que querían convertirlo en villano. Pero cuando contestó y escuchó la voz de su hija, no preguntó por negocios.
—¿Dónde está Bruno?
Mariana no pudo hablar de inmediato.
—Se fue.
—¿La bebé está bien?
—Sí.
—¿Tú estás bien?
Esa pregunta fue la que la rompió.
Porque nadie más se la había hecho.
—No sé —dijo, y su voz salió como la de una niña—. Papá, no sé.
Al otro lado, se oyó una puerta abrirse, pasos rápidos, una orden breve a alguien.
—No te muevas. Voy para allá.
—No tienes que venir.
—Mariana, tu madre me perseguiría hasta el infierno si no estuviera contigo esta noche.
La llamada terminó.
Durante casi una hora, la habitación volvió a pertenecerle a Mariana y a su hija. Una enfermera entró para revisar la presión, acomodó la sábana y fingió no notar los ojos rojos.
—¿Quiere que ponga restricción de visitas? —preguntó con cuidado.
Mariana la miró.
—¿Se puede?
—Por supuesto. Usted decide quién entra.
Aquellas cuatro palabras le parecieron más poderosas que cualquier contrato.
Usted decide quién entra.
Mariana asintió.
—Entonces nadie de apellido Rivas sin mi autorización.
La enfermera anotó algo en la tableta.
—Hecho.
A las diez con diecisiete de la noche, el teléfono de Mariana vibró.
Bruno.
Ella lo dejó sonar.
Volvió a sonar.
Luego llegó un mensaje.
Contesta. Hay un problema.
Otro.
Mariana, ¿qué hiciste con la tarjeta?
Otro.
La camioneta no abre.
Otro, ya sin mayúsculas, ya sin orgullo.
Por favor.
Mariana contestó la quinta llamada.
No dijo hola.
Del otro lado se escuchaba música de restaurante, voces confundidas y el tono agudo de Graciela discutiendo con alguien.
—¿Qué hiciste? —preguntó Bruno.
Su voz temblaba.
Mariana sostuvo el teléfono lejos de la cara de Inés.
—¿Con qué?
—No juegues conmigo. La tarjeta no pasó. Ninguna. La camioneta se bloqueó. El gerente dice que la cuenta empresarial está congelada. Mi oficina mandó un aviso de que revocaron mi acceso. ¿Qué hiciste?
Mariana miró las flores en la mesa. Rosas blancas. Perfectas. Inútiles.
—Nada que no estuviera firmado.
—¿Firmado por quién?
—Por ti.
Hubo un silencio brusco.
—Mariana, estoy con mi familia.
—Lo sé. Por eso te fuiste.
—No entiendes lo que estás haciendo.
Mariana sintió una calma extraña, casi triste.
—No, Bruno. Creo que por fin lo entiendo.
—Esa camioneta