anterior.
—Mamá —le dijo, con una voz extrañamente suave—.
Hemos estado distantes.
Teresa se quedó inmóvil junto al fregadero, con una taza en la mano.
—Sí, hijo.
—Valeria y yo queremos arreglarlo.
Hay una cena el viernes.
Es importante para nosotros que vengas.
Ella quiso preguntar si de verdad lo decía él o si Valeria estaba escuchando al lado.
Quiso preguntarle por qué llevaba tres meses respondiendo sus mensajes con frases cortas, por qué los domingos dejaron de existir, por qué su llave ya no abría la puerta del departamento de ellos cuando antes él mismo le había dado una copia.
Pero una madre, cuando escucha una puerta apenas entreabierta, rara vez pregunta quién la cerró antes.
—Claro que voy —respondió.
Esa noche, al llegar al restaurante, entendió que no la estaban invitando para acercarse.
La estaban colocando en su lugar.
La silla que le dejaron estaba un poco fuera del círculo de la mesa, casi pegada al pasillo por donde cruzaban los meseros.
El florero central, lleno de orquídeas blancas, le tapaba parcialmente la vista de Julián.
Nadie se levantó para saludarla.
Valeria apenas le ofreció la mejilla, sin tocarla.
—Llegaste justo a tiempo, Teresa —dijo, aunque Teresa había llegado cinco minutos antes de la hora.
Teresa.
No mamá.
No señora Teresa.
Nunca doña Teresa.
Desde el principio, Valeria había usado su nombre como quien baja a alguien de categoría.
La primera vez que la conoció, Teresa preparó caldo de pollo con verduras y arroz rojo.
Valeria llegó al departamento con tacones beige y un perfume caro que se quedó flotando incluso después de que se fue.
Miró el mantel de plástico, las macetas en la ventana, el retrato de Julián con toga y birrete.
—Qué… auténtico —dijo.
Julián sonrió, sin captar la mordida.
Con el tiempo, las mordidas se volvieron más claras.
Valeria sugería que Teresa no llevara comida a las reuniones porque algunas recetas podían ser pesadas.
Le pedía que avisara antes de visitar, aunque antes entraba a la casa de su hijo como quien entra al único lugar donde todavía es esperada.
Revisaba los regalos que Teresa compraba y decía: —Ay, qué detalle tan de antes.
Después vino la boda civil.
Teresa ofreció sus aretes de perla falsa para que Valeria tuviera algo prestado.
Valeria sonrió.
—Gracias, pero mi mamá me prestará algo de verdad.
Julián estaba en la cocina, sirviendo café.
Escuchó.
Teresa lo vio detenerse un segundo.
Luego siguió sirviendo.
Ese se volvió el idioma de Julián: detenerse un segundo y seguir como si nada.
El mesero regresó con el agua.
La colocó delante de Teresa con cuidado, casi con vergüenza.
—Gracias, mijo —dijo ella.
Él apretó los labios, como si quisiera responder algo y no pudiera.
Valeria abrió el menú con un gesto amplio.
—Pediremos entradas al centro.
El tartar, los ostiones, el queso fundido con trufa.
Para plato fuerte, yo quiero el filete.
Papá, ¿tú el rib eye? Mamá, el salmón.
Julián, tú siempre pides lo mismo.
—El cordero —murmuró Julián.
Valeria sonrió.
—Exacto.
Teresa miró las páginas del menú que nadie le había ofrecido.
Alcanzó a ver precios.
Números que parecían una burla para alguien que durante años calculó si alcanzaba para jabón, tortillas y cuadernos.
—Valeria —dijo Clara, con voz suave—, tal vez Teresa quiera pedir algo pequeño.
Por un