—Soy yo —le dije—. Inés. Mírame.
Ella abrió los ojos con dificultad.
—Pensé que no ibas a encontrarme.
Esa frase me partió en dos.
Le quité mi abrigo y se lo puse encima. Luego le froté las manos, torpemente, desesperada, tratando de recordar qué se hacía con alguien que podía estar entrando en hipotermia. Su celular estaba sobre la banca, apagado y mojado por las orillas.
—¿Qué pasó? —pregunté.
Clara tragó saliva. El gesto le dolió.
—Dijeron que necesitaba aprender a no hacer escenas.
Sentí que algo dentro de mí se quedaba quieto.
—¿Quiénes dijeron eso?
Ella apartó la mirada.
—La señora Beatriz. Patricia. Esteban.
Beatriz era la madre de mi cuñado. Una mujer de cabello impecable, uñas rojas y sonrisa de iglesia. Patricia, su hija, siempre hablaba como si estuviera perdonándole la vida al mundo. Esteban, por supuesto, era el esposo que Clara defendía incluso cuando llegaba con los ojos hinchados y decía que solo tenía alergia.
—¿Esteban te dejó aquí?
Clara cerró los ojos y una lágrima se perdió entre la lluvia.
—Me dijo que volverían por mí cuando se me pasara la actitud.
Miré alrededor. No había ningún sitio donde refugiarse salvo ese paradero abierto, con el techo agujereado y una banca de cemento helada.
—¿Hace cuánto?
Tardó en responder.
—Antes de que oscureciera.
Eran casi las once.
No fue una broma. Lo supe con una claridad brutal. En una noche así, con una mujer embarazada, sin señal, lejos de cualquier casa, dejarla allí era algo mucho más oscuro que una humillación. Era una apuesta contra su vida.
Llamé a emergencias. Mi voz salió extrañamente tranquila. Di la ubicación lo mejor que pude: carretera vieja a San Jacinto, kilómetro aproximado quince, paradero abandonado después de la curva de la cruz. Dije que Clara tenía siete meses de embarazo, que estaba empapada, con frío extremo, dolor abdominal y posible hipotermia.
Luego llamé a mi tío Ramón.
Él contestó al segundo tono, con voz ronca.
—¿Inés?
—Encontré a Clara.
El silencio cambió al otro lado de la línea.
—¿Dónde?
—En la carretera vieja. La dejaron aquí.
—¿Quién?
Miré a mi hermana, encogida bajo mi abrigo, intentando no temblar para no mover demasiado el vientre.
—La familia de Esteban.
Ramón no gritó. Nunca gritaba cuando de verdad estaba furioso.
—¿Está viva?
—Sí. Pero está muy mal.
Oí una silla arrastrarse, un cajón abrirse, llaves.
—No hables con ellos. No dejes que se acerquen a ella. Voy para el hospital.
Colgó.
La familia de Esteban siempre había pensado que Clara estaba sola. Era una equivocación cómoda para ellos. Nuestra madre había muerto hacía ocho años. Nuestro padre se había ido antes de que yo aprendiera a escribir su nombre sin rabia. Clara me crió trabajando doble turno en una farmacia, preparando arroz con huevo cuando no alcanzaba para más, fingiendo que no tenía hambre para que yo repitiera plato.
Cuando Esteban apareció, con sus camisas caras y su voz suave, Clara creyó que por fin alguien quería cuidarla a ella. Yo quise creerlo también. Al principio traía flores, abría puertas, llamaba a Clara “mi paz”. Después comenzaron las correcciones pequeñas: que su vestido era muy sencillo, que su risa era muy fuerte, que mis visitas la volvían dependiente, que una esposa debía saber cuándo callar.
La señora Beatriz lo decía con