La Caja Oculta Que Mi Familia Nunca Quiso Abrir

era peligroso, que se cansaría, que no tenía sentido. Mi padre dijo que no había tiempo. Natalia ni siquiera levantó la vista del celular.

Yo pedí el día en la estética donde trabajaba lavando cabello y haciendo manicuras, lo vestí con su camisa azul y lo llevé en taxi.

El mercado olía a cilantro, masa caliente y fruta madura. Mi abuelo caminó despacio, apoyado en mi brazo. Varias personas lo saludaron. Don Beto, el dueño de la papelería que rentaba el local de mi abuelo, salió a abrazarlo.

—Don Nacho, pensé que ya se había olvidado de nosotros.

—Los vivos no se olvidan —respondió mi abuelo—. Los que se olvidan son otros.

Don Beto miró hacia mí con una mezcla de cariño y pena.

—Tú eres Valeria, ¿verdad? La nieta que lo cuida.

No dijo la nieta mayor. No dijo la hija de Ernesto. Dijo la que lo cuida.

Algo en mí se enderezó.

Antes de volver, mi abuelo me pidió comprar una caja de galletas de mantequilla. Roja, redonda, con tapa dorada. Me pareció raro porque él no podía comerlas.

—Son para guardar hilos —bromeé.

—Para guardar algo mejor.

No le di importancia.

La semana siguiente lo encontré en la azotea, sentado en una silla de plástico junto al tanque de agua, respirando con dificultad.

—¡Abuelo! ¿Qué hace aquí?

—Mirando la ciudad.

—Pudo caerse.

—Ya me caí muchas veces, Vale. La diferencia es que ahora me doy cuenta.

Lo ayudé a bajar. Mientras le acomodaba la cobija, noté polvo blanco en sus dedos, como cal o harina. Él me guiñó un ojo.

—No le digas a tu madre que subí.

—Me va a regañar a mí.

—Entonces menos le digas.

Fue una de las últimas veces que lo vi sonreír.

Murió una madrugada de martes, mientras llovía. Yo estaba dormida en la silla junto a su cama. Me despertó el silencio. No un ruido, no una queja. El silencio. Su pecho ya no subía. Su mano estaba tibia todavía.

Llamé a mi madre.

Ella entró, lo miró, se tapó la boca y empezó a llorar. Mi padre tardó diez minutos en aparecer. Natalia llegó después, despeinada, molesta porque nadie le había avisado con calma.

Yo no lloré de inmediato. Le cerré los ojos a mi abuelo. Le acomodé la sábana. Busqué sus documentos. Hice llamadas. Preparé café para los vecinos que empezaron a llegar.

En el funeral, todos felicitaron a mi madre por su fortaleza.

A mí me pidieron servilletas.

Cinco días después nos citaron en la notaría Salvatierra, en el centro de Puebla. Yo llevaba una blusa gris que había planchado a las seis de la mañana y los mismos zapatos negros que usé en el entierro. Mi madre me pidió que llegara temprano para ayudarla a cargar unas carpetas. Natalia llegó tarde, con lentes oscuros y perfume caro. Mi padre ya estaba irritado.

—Ojalá esto sea rápido —dijo—. Hay cosas que resolver.

Yo sabía cuáles.

La casa. El terreno. El local. Las cuentas.

La notaría estaba en un edificio antiguo con piso de mosaico y paredes color crema. En la sala de juntas había una mesa larga de madera, seis sillas y una ventana por la que se veía la lluvia caer sobre cables eléctricos. La licenciada Salvatierra era una mujer de unos cincuenta años, cabello recogido,

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *