del terreno ubicado en…
La voz se le rompía. Octavio acercaba la mano a su hombro y apretaba.
—Sin llorar.
Doña Elvira no pudo seguir sentada. Se levantó con dificultad.
—Ese terreno era de Ramón. Jamás firmé nada.
Don Mateo pausó el video. Su rostro, normalmente sereno, estaba duro.
—Hay falsificación, amenazas y probablemente despojo. Esto no se resuelve hablando con él.
—Marcela sigue allá.
—Llamaremos a alguien de confianza.
Don Mateo tomó su teléfono, pero antes de marcar, golpes violentos sacudieron la puerta.
Tres golpes.
Luego otros tres.
—¡Abra, doña Elvira! —gritó Octavio desde afuera—. Sé que está ahí.
A doña Elvira se le congeló la espalda.
Don Mateo apagó la luz de la sala y le hizo una seña para que no hablara.
—¡No haga esto más grande! —siguió Octavio—. Entrégueme la caja y nos olvidamos. Nadie tiene que salir lastimado.
Don Mateo se acercó a la ventana sin correr la cortina. Afuera se veía la sombra de Octavio bajo la lluvia y las luces de su camioneta encendidas.
—No está solo —susurró el maestro—. Hay alguien dentro del vehículo.
Doña Elvira apretó los dientes.
Su primera reacción fue esconderse. La segunda fue abrir y arañarle la cara. Pero ninguna de las dos salvaría a Marcela.
Don Mateo marcó un número.
—Comandante Ruiz —dijo en voz baja cuando contestaron—, soy Mateo Saldaña. Necesito que escuche antes de decirme que está ocupado.
Doña Elvira lo miró con sorpresa. El maestro levantó un dedo, pidiéndole calma.
—Sí, es sobre Octavio Rivas. Y tengo pruebas en video. No, no me lo pase a otro. Usted le dio clases a Marcela. Venga usted mismo o mañana este pueblo amanece con un escándalo que va a llegar a la capital.
La voz de Octavio volvió desde afuera.
—¡Última oportunidad!
Don Mateo colgó.
—Viene para acá. Pero debemos ganar tiempo.
Doña Elvira dio un paso hacia la puerta.
—Yo le hablaré.
—Elvira, no.
—No voy a abrir.
Se paró detrás de la madera, con el bastón en una mano y la otra sobre la nota de su hija.
—Octavio —dijo, fuerte para que la oyera—. ¿Dónde está Marcela?
El silencio de afuera fue inmediato.
—Conmigo —respondió él—. Donde debe estar.
—Quiero escucharla.
—Usted no exige nada.
—Soy su madre.
Octavio golpeó la puerta con la palma.
—Usted es una carga. Siempre lo ha sido. Marcela no se atreve a decirlo, pero yo sí. La única razón por la que la aguantamos es porque ese terreno vale más de lo que usted imagina.
Don Mateo, desde la mesa, activó la grabadora del teléfono.
Doña Elvira lo vio y entendió.
—Entonces no era por ayudarme —dijo ella, conteniendo el temblor—. Querías robarme lo único que Ramón me dejó.
Octavio rió.
—Robar es una palabra fea. Yo lo llamo aprovechar lo que otros desperdician.
—¿Y golpear a mi hija cómo lo llamas?
La lluvia llenó la pausa.
—Marcela necesita disciplina. Se puso sentimental. Guardó cosas que no debía guardar. Pero eso se corrige.
Doña Elvira sintió ganas de vomitar. No por miedo. Por asco.
Entonces el teléfono de don Mateo sonó con un mensaje.
Él miró la pantalla y palideció.
—Elvira.
La anciana se apartó de la puerta. Don Mateo le mostró el mensaje. Venía de un número desconocido, pero la foto de perfil era una flor