las acciones.
Valeria preguntaba cuánto tardarían en vender la división inmobiliaria.
Después mencionaba otro documento.
—¿Y lo que hiciste firmar a Elena cuando estaba sedada? —preguntaba ella.
—Con eso reclamaremos las acciones aunque el testamento diga otra cosa —respondía Andrés.
Mateo detuvo la grabación.
—¿Qué documento era? —pregunté.
Andrés no contestó.
El abogado sacó una copia de una supuesta cesión de acciones firmada en el hospital.
Mi madre parecía transferir a Andrés el control temporal de la empresa.
—La enfermera que estaba de turno declaró que Elena no firmó nada esa noche —explicó Mateo—.
Además, la firma contiene un trazo idéntico al de un contrato de hace seis años.
Un perito considera que fue reproducida digitalmente.
Valeria se llevó una mano a la boca.
—Tú dijiste que ella había aceptado.
—Y tú estabas allí —replicó Andrés—.
Tú conseguiste la tableta.
Ella se abalanzó sobre él.
—¡Me prometiste que nadie saldría perjudicado!
Gabriel volvió a interponerse.
Mateo pidió calma y miró hacia la puerta.
—La fiscalía fue informada esta mañana —anunció—.
Dos investigadores están esperando afuera.
No he solicitado que nadie sea detenido aquí, pero deberán entregar sus dispositivos y responder preguntas.
Andrés me miró.
La rabia había desaparecido.
En su lugar quedaba una desesperación casi infantil.
—Lucía, podemos arreglarlo.
Entregaré el dinero.
Renunciaré a la empresa.
No tienes por qué destruir doce años de matrimonio.
—Tú los destruiste antes de entrar en esta casa con una firma falsa.
—Yo te amé.
—Me amaste mientras fui útil y silenciosa.
—No sabes lo que significa pasar años siendo el esposo de Elena Ferrer y el hombre que vive a la sombra de su hija.
Al fin había pronunciado la verdad.
No se trataba de amor por Valeria ni de una crisis pasajera.
Andrés quería lo que mi madre había construido y odiaba que su acceso dependiera de mujeres a las que consideraba inferiores.
Valeria comenzó a llorar, pero no por mí ni por mi madre.
—Me dijiste que te divorciarías —le reclamó—.
Dijiste que yo dirigiría la empresa contigo.
—Y tú creíste que ponerte un vestido ajeno te convertía en dueña de una vida ajena —respondí.
Dos investigadores entraron en la biblioteca.
Andrés entregó el teléfono después de discutir varios minutos.
Valeria pidió hablar con un abogado.
Antes de salir, intentó cubrirse con un abrigo, pero Mateo le informó que el vestido debía conservarse como parte de la denuncia por el ingreso no autorizado a mi casa.
Inés, la modista, había confirmado que Valeria llevó la prenda a su taller diciendo que era un regalo.
Andrés pagó los ajustes con una tarjeta de la empresa.
Valeria tuvo que cambiarse en una habitación y colocar el vestido dentro de una bolsa de conservación.
Cuando me lo entregaron, no quise tocarlo.
Después de que todos se marcharon, permanecí sola en la biblioteca.
Mi tía se ofreció a quedarse, pero le pedí unos minutos.
Saqué el teléfono y abrí la nota de voz de mi madre.
Su voz llenó la habitación.
—Lucía, quizá cuando escuches esto estés enfadada conmigo por no haberte contado antes lo que descubrí.
Necesitaba reunir pruebas y, sobre todo, necesitaba que fueras tú quien decidiera mirar.
No quiero que heredes mi empresa como una obligación.
Quiero que heredes la certeza de que no estás loca, no eres débil y no tienes