en nuestra sala. Ofelia vino a traer una sopa para Alma y aprovechó para lanzarle otra mirada crítica a Nico.
—Ese corte es una vergüenza —dijo—. En mis tiempos no existían estas tonterías.
Julián dejó su taza sobre la mesa con demasiada firmeza.
—No es tu hijo. No decides sobre su cuerpo.
Ofelia sonrió con esa sonrisa dura que usaba cuando quería humillar sin parecer agresiva.
—Todo el mundo está demasiado sensible ahora.
Luego besó a Alma en la frente y se fue como si nada.
A las dos diecinueve la camioneta apareció por fin.
La reconocí antes de oír el motor. Salí de la casa tan rápido que dejé la puerta abierta detrás de mí. El cemento me raspó los pies descalzos. Ofelia apenas estaba estacionándose cuando yo ya estaba junto a la puerta trasera.
La abrí.
Nico me miró desde su asiento elevador.
Tenía las mejillas mojadas, los ojos hinchados y una expresión de agotamiento que no le había visto nunca. En su mano derecha apretaba una liga azul.
Durante una fracción de segundo no entendí qué estaba mal.
Luego lo vi.
Su coleta no estaba.
Su cabello tampoco.
Le habían pasado máquina casi al ras, sin cuidado, dejando parches irregulares. En la línea de la nuca se veía una zona rojiza. Arriba de la oreja derecha tenía un raspón fino. No parecía un corte de peluquería. Parecía una corrección violenta.
—Mamá —dijo con la voz rota—. Yo le dije que no quería.
Lo saqué del asiento y lo abracé. Todo él temblaba.
Ofelia se bajó, cerró la puerta con tranquilidad y se acomodó la correa del bolso.
—Ya estuvo bueno de circo —dijo—. Ahora sí parece niño.
Recuerdo haberla mirado y no reconocerla. No porque su cara fuera otra, sino porque ninguna abuela que amara a un niño podía pararse frente a él en ese estado y sentirse satisfecha.
—Vete —le dije.
—Valeria, por favor. Ni que le hubiera cortado un brazo. Es pelo. Vuelve a crecer.
Nico escondió la cara en mi cuello.
—Vete de mi casa ahora.
Tal vez vio algo en mi expresión, porque por primera vez no discutió mucho. Chasqueó la lengua, murmuró algo sobre exageraciones y se subió de nuevo a la camioneta.
Julián llegó pocos minutos después y encontró a Nico en el baño, dejándome revisar con una toalla húmeda el raspón sobre la oreja.
Entró, vio a su hijo y se detuvo en seco.
Nico alzó la vista.
—Papá, yo no quería.
Julián se arrodilló frente a él.
—Ya sé.
No lloró. No gritó. Solo le tomó la cara entre las manos con una ternura que me partió el alma.
—Nada de esto fue tu culpa.
Esa noche, cuando Alma despertó y vio a su hermano, no entendió al principio. Parpadeó varias veces, todavía aturdida por los medicamentos. Luego se sentó despacio.
—¿Qué pasó? —preguntó.
Nico no contestó.
Yo tampoco pude.
Alma extendió la mano y tocó la cabeza de su hermano, donde antes estaban aquellas ondas oscuras que ella llamaba sus resortes de suerte. Sintió la aspereza del corte mal hecho, la piel recién agredida, y retiró la mano de golpe.
Su barbilla tembló.
No hizo berrinche. No gritó. Solo se encogió contra el sillón y empezó a llorar en silencio, con los hombros hundiéndose despacio.
—Perdón —susurró Nico,