sonrisa torcida, satisfecho no con la solución, sino con la obediencia que creía haber conseguido.
—Menos mal —respondió—. Hay lugares donde hace falta enseñarles modales.
En ese momento sonó el teléfono de la recepcionista. Ella escuchó unos segundos, palideció apenas y levantó la vista hacia mí. Yo le hice una seña mínima. No dijo nada. Solo se puso de pie, tomó la carpeta del candidato y anunció:
—Señor, ya pueden recibirlo para su entrevista.
Él se acomodó el saco, me lanzó una última mirada despectiva y caminó hacia el pasillo principal con la tranquilidad del que cree haber dejado atrás a alguien insignificante.
Dos puertas después, la recepcionista abrió mi oficina y dijo:
—Adelante. El señor Esteban Álvarez lo espera.
Nunca olvidaré cómo se detuvo.
No fue un tropiezo visible. Fue algo mejor. Una mínima fractura en el movimiento. Su cuerpo quiso seguir avanzando, pero el cerebro acababa de recibir un golpe que todavía no sabía procesar. Se volvió. Me vio pasar a su lado. Miró mi oficina. Miró la placa sobre el escritorio. Y entendió.
Ahora, sentado frente a mí, seguía intentando encontrar una salida.
—Licenciado —repitió al fin, cuando le permití hablar—, lo de hace un momento fue una confusión. Yo no sabía…
—Exacto —lo interrumpí—. No sabía quién era yo. Y por eso hizo lo que hizo.
Abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.
Se secó la frente con dos dedos.
—Todos podemos tener un mal momento —dijo después.
—Un mal momento no explica el desprecio —respondí.
Volví a revisar la carpeta. En la última hoja había una nota interna de Recursos Humanos con tres firmas: la recepcionista, el guardia y el mensajero. Cada uno había escrito, por separado, una descripción breve y coincidente del incidente en el lobby. Lo habían hecho por iniciativa propia, sin que yo se los pidiera.
Eso me importó más que cualquier recomendación de un accionista.
Porque significa que, dentro de mi empresa, la gente sabe que su voz vale.
Deslicé el documento hacia el centro del escritorio. Él lo vio. Leyó los nombres. La mandíbula se le contrajo.
—Esto es ridículo —masculló—. ¿De verdad van a basarse en algo tan pequeño?
Levanté la vista.
—¿Pequeño para quién?
No respondió.
Tomé aire. Iba a terminar el proceso allí mismo, con toda razón, cuando mi asistente me escribió un mensaje en la pantalla del teléfono del escritorio: “Hay una mujer en recepción. Dice que trabajó con él. Insiste en que debe hablar con usted antes de cualquier decisión”.
Levanté una ceja.
Él alcanzó a ver el movimiento de mi mirada hacia la pantalla y se puso rígido.
—¿Quién es? —preguntó demasiado rápido.
No contesté.
Tocaron la puerta.
Mi asistente asomó la cabeza.
—Señor, una mujer llamada Verónica Ríos está aquí. Dice que fue gerente de Recursos Humanos en la empresa anterior del candidato. Trae documentación.
Lo que ocurrió en su rostro fue revelador.
No fue sorpresa.
Fue pánico.
—No la deje entrar —dijo él de inmediato, poniéndose de pie—. Esa mujer está resentida. Solo quiere perjudicarme.
Su reacción decidió por mí.
—Hazla pasar —ordené.
Verónica entró con un sobre manila pegado al pecho. No tenía el aspecto de quien viene a montar un escándalo. Más bien parecía una mujer que ha tenido que pensarlo demasiado antes de atreverse a cruzar una puerta.