a veces el amor también se demuestra cambiando la cerradura.
Luego volví al patio, donde la niña de la mochila rosa recogía flores caídas de la jacaranda.
Me entregó una con una sonrisa tímida.
—Para usted —dijo.
La puse en un vaso con agua sobre la mesa del comedor.
Era pequeña, morada, frágil.
Pero bajo la luz de la tarde parecía una bandera.
Y por primera vez en mucho tiempo, Valle Claro no se sintió como una casa demasiado grande para una viuda.
Se sintió exactamente del tamaño de mi dignidad.