carcajada tan repentina que tuvo que apoyarse en la barra. Mateo se asustó un segundo, pero al verlo llorar de risa, sonrió.
Después caminó hacia él y le tomó dos dedos con su mano pequeña.
—Otra vez, papá —dijo.
Arturo miró la cocina arruinada, el cielo claro entrando por la ventana y el lugar vacío donde durante años había puesto su culpa. Pensó en Julia, en la palabra que no pudo escuchar de su hijo durante tanto tiempo, en todos los silencios que ya no serían usados contra ellos.
Se inclinó hasta quedar a la altura de Mateo.
—Sí, hijo —respondió—. Otra vez. Todas las veces que quieras.
Y por primera vez, la casa de los Ledesma no pareció perfecta.
Pareció viva.