Esa frase me persiguió toda la noche.
Pero sí pueden.
Porque yo, que creía estar evitando una ruptura, estaba criando a mis hijos dentro de una contradicción.
Les decía que el respeto era obligatorio, pero les mostraba que hacia mí era opcional.
Les decía que nadie debía humillarlos, pero permitía que vieran cómo a su madre la reducían a chofer, cartera y silencio.
Aun así, no actué de inmediato.
Me da vergüenza admitirlo.
Seguía creyendo que una conversación más, un límite más, un poco de tiempo más podrían enderezarlo todo.
Hasta el día del robot.
Después de escuchar a Mateo, caminé hacia la sala de televisión.
Bruno estaba tirado en el sillón grande, con los pies sobre la mesa de centro.
En la pantalla parpadeaban explosiones de un videojuego.
El control vibraba entre sus manos.
A su lado había una bolsa de papas abierta y una lata de refresco dejando un círculo húmedo sobre la madera.
La consola se la había regalado yo en Navidad.
La televisión la estaba pagando yo en mensualidades.
El internet de alta velocidad lo había contratado yo porque Bruno decía que lo necesitaba para sus tareas y sus juegos.
Me quedé de pie junto al sillón.
—Tenemos que hablar del robot de Mateo.
Bruno no pausó.
—Fue un accidente.
—Mateo dice que lo pisaste porque no quiso prestarte su bocina.
—Mateo dice muchas cosas.
—Bruno.
Algo en mi voz lo hizo pausar por fin.
Dejó el control sobre sus piernas y giró la cabeza.
Tenía diecisiete años ya.
La mandíbula más marcada, los hombros anchos, esa seguridad agresiva de quien ha confundido tamaño con poder.
—¿Qué quieres que te diga? —preguntó.
—Que vas a pedirle perdón.
Que vas a ayudarlo a reconstruirlo.
Y que habrá consecuencias.
Sonrió.
No fue una sonrisa adolescente.
Fue una sonrisa fría, aprendida, casi adulta.
—Escúchame bien, Mariana —dijo, marcando mi nombre como si fuera una falta de respeto—.
Tú no eres mi mamá.
No tengo que darte explicaciones.
Mateo no es mi hermano.
Lucía no es mi familia.
Tú eres la señora que mi papá metió en esta casa.
Detrás de mí, Lucía soltó un sonido ahogado.
Mateo no dijo nada.
Yo miré a Bruno.
Y por primera vez no intenté convencerlo.
No intenté enseñarle empatía en ese momento.
No intenté salvar una escena que él ya había decidido romper.
Solo vi, con una claridad dolorosa, todo lo que yo estaba sosteniendo para alguien que disfrutaba verme sin lugar.
—Entendido —dije.
Bruno frunció el ceño, como si hubiera esperado gritos.
—¿Eso es todo?
—Por ahora.
Caminé de regreso a la sala.
Me arrodillé junto a Mateo.
—Guarda todas las piezas, amor.
Todas.
Lo vamos a reconstruir.
Él me miró con los ojos húmedos.
—¿Aunque ya no quede igual?
Le acaricié el cabello.
—A veces queda distinto.
Pero más fuerte.
Lo dije por el robot.
También por mí.
Subí a mi oficina y cerré la puerta.
Mi oficina era el único cuarto de la casa que conservaba algo de mi vida anterior: una estantería con carpetas, una lámpara verde que había sido de mi padre, una foto de Lucía y Mateo en la playa, una caja metálica con documentos importantes y una pequeña maceta de albahaca que insistía en sobrevivir aunque yo olvidara regarla.
Me senté frente a la computadora.
Abrí