y luego me decía en la cocina:
—Ese muchacho vende humo con corbata.
Yo lo regañaba.
—No seas duro. Lucía lo quiere.
Ernesto me miraba con tristeza.
—Precisamente por eso me preocupa.
Después él enfermó. El cáncer llegó sin pedir permiso y se lo llevó en ocho meses. Durante ese tiempo, Julián se volvió atento. Demasiado atento. Llevaba documentos, hablaba con médicos, ofrecía acompañarnos al banco, al notario, al hospital. Yo pensé que era generoso. Pensé que la tragedia había sacado lo mejor de él.
Ahora, parada en la cocina helada de su departamento, entendía que algunas personas no se acercan al dolor para ayudar.
Se acercan porque el dolor deja puertas abiertas.
La sopa empezó a hervir. El chile soltó su olor oscuro, profundo, familiar. Corté el aguacate con cuidado. Puse el queso en un plato pequeño. Freí las tiras de tortilla hasta que quedaron crujientes y las extendí sobre papel absorbente.
Mis manos ya no eran tan firmes como antes. La artritis me había doblado algunos dedos y la cadera todavía me molestaba desde una caída que tuve un mes atrás. Lucía insistía en que había sido un accidente, que yo había tropezado con una alfombra. Yo no discutí, porque las madres aprendemos a tragarnos muchas preguntas cuando notamos que una hija no está lista para contestarlas.
Pero esa tarde yo no había ido solo a cocinar.
Había ido por el sobre azul.
Lo había recibido esa mañana en una notaría de la colonia Roma. Me llamó una mujer de voz seria, preguntando si yo era Teresa Salvatierra, viuda de Ernesto Molina. Dijo que necesitaba entregarme copias certificadas de unos documentos relacionados con una propiedad familiar.
—¿Qué propiedad? —pregunté.
Hubo un silencio breve.
—La casa de Querétaro y el departamento de su hija.
Sentí que el teléfono se me enfriaba en la mano.
La casa de Querétaro no era solo una casa. Era lo único que Ernesto me había dejado sin deudas. El departamento de Lucía, en cambio, tenía una historia más compleja. Mi esposo había aportado una parte importante del enganche cuando ella se casó, con una condición escrita: si algún día había separación, esa parte correspondía únicamente a Lucía. Julián sonrió cuando firmaron. Dijo que le parecía justo. Besó a mi hija en la frente delante del notario.
Yo recordaba perfectamente esa sonrisa.
También recordaba que no le llegó a los ojos.
La notaria me recibió con una carpeta cerrada. Era una mujer de cabello cano, lentes redondos y una forma de hablar que no desperdiciaba palabras.
—Señora Teresa —me dijo—, estos documentos fueron inscritos hace ocho meses. Nos llamó la atención una discrepancia en las firmas al revisar un trámite posterior. Su nombre aparece como testigo en una cesión.
—Yo no firmé nada.
Ella me miró con cuidado.
—Eso pensé.
Abrió la carpeta.
Había una copia de mi credencial, mal escaneada. Una firma que intentaba parecerse a la mía, pero era demasiado grande, demasiado segura. Otra firma atribuida a Lucía, aprobando una hipoteca sobre su parte del departamento. Y una renuncia a derechos que beneficiaba a una empresa de Julián.
Leí una línea. Luego otra.
No pude seguir.
—Mi hija estaba hospitalizada en esa fecha —dije.
La notaria asintió lentamente.
—Por eso la llamé.
Esa frase me persiguió todo el camino hasta Santa Fe.
En