algo: Rebeca no era su gran amor. Era una herramienta que había empezado a hacer ruido.
Tomás pasó junto a Elena sin mirarla.
Claudia sí se detuvo.
Durante unos segundos, madre e hija quedaron frente a frente en el pasillo lateral, junto a una ventana alta por donde entraba una luz blanca de media mañana. Claudia olía a perfume caro y a rabia contenida.
—No sabes lo que acabas de hacer —susurró.
Elena sostuvo su mirada.
—Sí lo sé.
Claudia se inclinó más cerca.
—Tu abuelo no te dejó esa empresa por amor, Elena. Te la dejó por culpa.
La frase le heló la sangre.
Por culpa.
Elena quiso responder, pero Claudia ya caminaba hacia los baños con los hombros rígidos. Rebeca la siguió a unos pasos, sin atreverse a tomarle el brazo.
Adriana apareció al lado de Elena.
—No la sigas.
—¿Qué quiso decir?
—Quiso moverte el piso antes de volver a entrar.
—No. Mi madre no improvisa cuando quiere herir. Ella guarda cuchillos viejos.
Adriana la miró con una mezcla de cansancio y preocupación.
—Entonces respira. Todavía no hemos terminado con Tomás.
Pero Elena ya estaba mirando el teléfono. Tenía un mensaje nuevo de una persona que no esperaba.
Era de Nora, la antigua asistente de su abuelo.
“Tu mamá va a decir algo sobre tu padre. No le creas sin ver la carpeta gris. Julián me pidió que te la entregara si Claudia abría esa puerta.”
Elena sintió que el pasillo se estrechaba.
Su padre, Mauricio Salvatierra, había muerto cuando ella tenía nueve años en un accidente de carretera. Eso era todo lo que sabía. Su madre nunca hablaba de él sin cerrar la conversación. Su abuelo tampoco. Siempre había un silencio extraño alrededor de ese nombre, como una habitación de la casa a la que nadie entraba.
—Adriana —dijo Elena—, ¿sabías de una carpeta gris?
Su abogada no respondió de inmediato.
Eso fue respuesta suficiente.
—¿Qué sabes? —preguntó Elena.
Adriana bajó la voz.
—Sé que tu abuelo contrató a mi despacho para custodiar varios documentos personales. No podía abrirlos salvo por condiciones específicas.
—¿Qué condiciones?
—Que alguien intentara invalidar tu herencia alegando incapacidad, manipulación o culpa familiar.
Elena soltó una risa sin humor.
—Mi vida entera estaba escrita en cláusulas.
—Tu abuelo no confiaba en tu madre.
Elena miró hacia la puerta del baño por donde Claudia había desaparecido.
—Empiezo a entender por qué.
La pausa terminó antes de que pudiera preguntar más. Todos regresaron a la sala. Tomás ya no caminaba como dueño del lugar. Su traje seguía impecable, pero su cuello estaba rojo. Rebeca no se sentó junto a Claudia. Escogió un lugar más atrás, como si la distancia pudiera salvarla.
La jueza entró. Nadie habló hasta que ella tomó asiento.
—Licenciado Rivas —dijo—, tiene la palabra.
Tomás se levantó despacio.
—Su señoría, reconozco que existe un documento cuya relevancia debe ser evaluada con calma. Sin embargo, niego haber actuado con dolo. Mi intención siempre fue llegar a una distribución justa.
Adriana levantó una ceja.
—Pidió congelar la empresa de mi clienta basado en una afirmación que sabía falsa.
—No sabía que era falsa.
La jueza tocó la hoja con la punta de la pluma.
—Su firma dice otra cosa.
Tomás miró a Elena por fin.
Había odio en sus ojos, pero también una