se puso de pie al instante. No sonrió, pero sus hombros parecieron bajar un poco, como si hubiera estado cargando algo demasiado pesado y por fin alguien le hubiera dicho que podía soltarlo.
Mariana buscó su bolsa en una silla, guardó la ensalada de manzana todavía intacta y caminó hacia la puerta del garaje.
Fue entonces cuando la luz atravesó las ventanas pequeñas.
Primero fue un resplandor blanco sobre las cajas.
Luego, el sonido de un motor suave deteniéndose frente a la casa.
Mariana frunció el ceño.
No era el coche de ningún vecino. No era la camioneta de algún amigo de Verónica. Tampoco era un taxi.
A través del vidrio sucio del garaje vio un vehículo largo, negro, impecable, estacionado en la entrada.
Una limusina.
El comedor quedó en silencio casi al mismo tiempo.
Las risas se apagaron como si alguien hubiera soplado todas las velas de golpe.
Mariana escuchó sillas moverse. Voces bajas. Pasos acercándose a las ventanas.
El chofer bajó primero. Vestía traje oscuro, guantes negros y una expresión tranquila. Caminó alrededor del vehículo, pero no se dirigió a la puerta principal de la casa.
Caminó hacia el garaje.
Luego abrió la puerta trasera de la limusina.
Una mujer descendió lentamente. Era elegante, de unos cincuenta años, con un abrigo largo color carbón y el cabello recogido en un moño perfecto. En una mano sostenía una carpeta de cuero. En la otra, un sobre blanco grueso con el nombre de Mariana escrito a mano.
No miró la casa.
No miró las coronas, ni las luces, ni el árbol visible desde la ventana.
Miró directamente al garaje.
Y caminó hacia Mariana.
—¿Usted es Mariana Reyes? —preguntó.
Mariana se quedó inmóvil.
—Sí.
La mujer respiró hondo. Sus ojos recorrieron la escena: los platos de cartón, la mesa plegable, la cubeta, la ensalada abandonada, los niños con abrigos puestos dentro de un garaje mientras al otro lado de la pared había una cena completa.
Su expresión cambió apenas.
Pero fue suficiente.
—Mi nombre es Isabel Aranda —dijo—. Soy abogada de don Ernesto Valdés.
El nombre cayó sobre Mariana como una campana.
Don Ernesto.
Durante casi tres años, Mariana había cuidado a ese hombre.
No lo había contado en la familia, no con detalles. Verónica sabía que Mariana trabajaba en limpieza y cuidando personas mayores, y eso le bastaba para hacer comentarios crueles. Decía que Mariana siempre elegía trabajos de servicio porque no tenía visión. Decía que una mujer inteligente buscaba relacionarse con gente importante, no cambiar sábanas de ancianos.
Pero don Ernesto nunca había sido una carga para Mariana.
Era viudo. No tenía hijos cerca. Vivía en una casa antigua, grande pero silenciosa, llena de fotografías amarillentas, libros subrayados y relojes que marcaban la hora con una solemnidad triste. Mariana llegaba por las tardes después de limpiar oficinas. Le preparaba sopa, revisaba sus medicinas, lo acompañaba a caminar por el jardín cuando sus rodillas se lo permitían, y a veces simplemente se sentaba a escucharlo.
Él le hablaba de su esposa muerta.
Ella le hablaba de Diego y Sofía.
Don Ernesto guardaba dulces para los niños. Preguntaba por sus calificaciones. Una vez, cuando Mariana llegó con fiebre y aun así quiso trabajar, él la obligó a sentarse, llamó a una farmacia y le dijo que nadie que cuidara tanto a