El secreto que casi mató a Emma

usando su nombre.

Alguien había intentado matar a Emma.

Alguien estaba limpiando el rastro antes de que amaneciera.

Nicholas se acercó a la cama y bajó la voz.

—Emma, escúchame. No vas a salir de mi vista.

Ella soltó una risa débil.

—Eso suena más a amenaza que a promesa.

—Esta vez es una promesa.

Emma lo miró durante un largo segundo. No confiaba en él. ¿Cómo podría? La había humillado, la había echado a una tormenta y casi la había entregado a quienes querían verla muerta.

Pero también vio algo nuevo en sus ojos.

No arrepentimiento simple.

Furia.

Una furia dirigida no contra ella, sino contra el mundo entero que se había atrevido a tocarla.

Nicholas tomó el papel con los nombres y lo guardó dentro de su chaqueta.

—Roman, cierra este piso. Nadie entra. Nadie sale. Cambia el equipo médico si es necesario y revisa cada identificación dos veces.

—Hecho.

—Y encuentra el sedán.

Roman asintió.

Emma tragó saliva.

—Nicholas.

Él se detuvo en la puerta.

—¿Sí?

—Si esa lista es correcta, no solo quieren matarme a mí.

Nicholas lo sabía.

Pero dejó que ella lo dijera.

—Quieren hacerlo caer a usted —susurró Emma—. Y cuando lo hagan, van a culparlo de todo.

Nicholas la observó desde el umbral.

Durante años, la ciudad había temido al monstruo que él podía ser.

Esa madrugada, por primera vez, Emma entendió que alguien más había estado escondido detrás del monstruo, usando su sombra para cometer crímenes que ni siquiera Nicholas podía controlar.

Y mientras la lluvia seguía golpeando las ventanas del hospital, el hombre más peligroso de Chicago comprendió que la mujer a la que había llamado inútil era la única persona capaz de salvarlo.

O de destruirlo por completo.

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