estudio. Quiso gritar. Pero recordó la orden de Graham: no alertarla. No todavía.
Al día siguiente, descubrió otra pieza.
Un hombre empezó a visitar la mansión por la entrada lateral. Usaba una gorra roja y gafas oscuras. No venía con flores, ni documentos oficiales, ni actitud de trabajador. Venía con la confianza de quien conoce el camino. El personal creía que era un proveedor contratado por Vivian. Pero Alma lo vio subir por la escalera secundaria y entrar en la sala privada de la señora.
Permaneció allí cuarenta minutos.
Cuando salió, se estaba acomodando la camisa.
Vivian apareció detrás de él, sonriendo de una manera que Alma no le había visto jamás cuando estaba con Graham.
Esa tarde, Alma fingió limpiar el aparador del pasillo. La puerta de la sala privada quedó entreabierta.
“Esta noche en el hotel”, susurró Vivian.
“No llegues tarde”, respondió el hombre de la gorra roja. “Ya casi termina”.
“Después de la firma, todo será más fácil”.
“¿Y él?”
Vivian soltó una risa suave.
“Él ya no es un problema”.
Alma sintió náuseas.
Esa noche entró al estudio de Graham sin llamar. Él estaba de pie junto a la ventana cerrada, como si mirara una ciudad que ya no podía ver.
“Señor”, dijo ella. “Ya no es una sospecha”.
Graham no se movió.
“Dígame todo”.
Alma se lo contó. La farmacia. El frasco. Las gotas. El hombre. El hotel. La firma.
Cuando terminó, esperaba que Graham gritara, que golpeara la pared, que ordenara llamar a la policía de inmediato. Pero él permaneció en silencio, con el rostro endurecido por un dolor que parecía demasiado profundo para salir en forma de rabia.
“¿Sabe a qué hotel fueron?”, preguntó.
“Sí”.
“Entonces lléveme”.
Alma lo miró con miedo.
“Señor, tal vez no sea prudente”.
“Hace meses que otros deciden qué es prudente para mí”, dijo Graham. “Esta noche decido yo”.
El hotel estaba en una avenida discreta, lejos de los lugares donde Vivian podía ser reconocida por conocidos de su círculo. Alma lo guió por el vestíbulo, fingiendo ser una asistente que acompañaba a un huésped mayor. Graham caminaba con lentitud, pero cada paso estaba lleno de una determinación silenciosa.
Subieron al séptimo piso.
La habitación era la 714.
La puerta no estaba completamente cerrada.
Desde dentro llegó la voz de Vivian.
“Después de mañana, los papeles estarán listos”.
El hombre respondió con una risa baja.
“Entonces dejarás de actuar como la esposa mártir”.
Graham apretó el bastón hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
Vivian continuó:
“Mientras siga tomando lo que le doy, no recuperará suficiente claridad para cuestionarme. Los médicos creen que su deterioro es parte del accidente. Nadie sospechará de mí”.
“¿Y si se niega a firmar?”
“No se negará. Cree que me necesita para todo”.
La frase le abrió a Graham una herida limpia. No porque revelara la traición, sino porque revelaba el desprecio. Vivian no solo quería su fortuna. Quería su dependencia. Había tomado su miedo más íntimo y lo había convertido en una jaula.
Alma temblaba a su lado.
Graham levantó una mano para detenerla. No entraría. No haría una escena. No les regalaría la ventaja de saber que habían sido descubiertos.
Regresaron a la mansión en silencio.
Cuando Vivian volvió después de medianoche, encontró a Graham sentado en su habitación, con