espacio destinado al padre había dejado una línea en blanco.
—¿Cómo sabe eso? —preguntó.
Richard se apoyó en el borde de la cama, como si sus piernas ya no pudieran sostenerlo.
—Porque Logan Sterling es mi hijo.
Durante varios segundos, Clara no oyó nada. Ni las máquinas. Ni el murmullo del pasillo. Ni siquiera el pequeño quejido del bebé en brazos de Maya.
Sterling.
Había visto el apellido en la placa del doctor, pero en medio del dolor no lo había procesado. Richard Sterling. Logan Sterling. Dos nombres unidos por una verdad que Clara nunca buscó.
—No —murmuró ella—. No puede ser.
Richard se quitó los lentes y se limpió los ojos con el dorso de la mano. Parecía avergonzado de estar llorando, pero no podía detenerse.
—Esa marca la tenemos en mi familia desde hace generaciones. Mi abuelo la tenía. Mi padre la tenía. Yo la tengo. Logan nació con la misma marca en el mismo lugar.
Maya miró al bebé con una ternura nueva, como si entendiera que acababa de convertirse en testigo de algo demasiado grande para una sala de parto.
—¿Quiere sostenerlo? —preguntó en voz baja.
Clara extendió los brazos de inmediato.
Cuando por fin colocaron al niño sobre su pecho, todo lo demás desapareció por un instante. Era tibio. Pequeño. Real. Su carita se arrugó contra la piel de ella, y Clara sintió que un amor feroz le ocupaba todo el cuerpo.
Luego volvió a mirar al doctor.
—Su hijo nos abandonó —dijo.
Richard bajó la cabeza.
—No lo sabía.
—Se fue la noche que se lo dije. No preguntó si necesitaba algo. No volvió para una cita médica. No llamó cuando vendí mi ropa para comprar una cuna usada. No estuvo aquí cuando pensé que no podría soportar otra contracción.
La voz de Clara se quebró, pero no apartó la mirada.
—Y ahora usted me dice que es su padre.
Richard recibió cada palabra como si la mereciera.
—Lo siento —dijo—. Sé que no sirve de nada, pero lo siento.
Clara soltó una risa corta, amarga, agotada.
—No necesito que lo sienta. Necesitaba que él se quedara.
El doctor asintió. Durante un momento, pareció más viejo de lo que era al entrar. Su bata blanca, impecable, ya no lo hacía parecer poderoso. Solo parecía un hombre que acababa de descubrir que había fallado de una manera que ni siquiera sabía que era posible.
—Logan y yo no hemos hablado en meses —confesó—. Tuvimos una pelea fuerte. Él dijo que yo siempre esperaba demasiado de él. Que no podía respirar bajo mi sombra. Se fue. Pensé que estaba castigándome a mí.
Miró al bebé.
—No sabía que también estaba huyendo de ustedes.
Clara no dijo nada. Tenía demasiadas emociones dentro: rabia, cansancio, desconfianza, una curiosidad que odiaba sentir. Durante meses había imaginado a la familia de Logan como sombras lejanas, gente que quizás ni siquiera sabía que ella existía.
Ahora uno de ellos estaba a menos de un metro, llorando por su hijo recién nacido.
—¿Él sabía de usted? —preguntó Richard.
—Me habló poco de su familia. Decía que su padre era un hombre importante. Estricto. Frío.
Richard cerró los ojos con dolor.
—Tal vez lo fui.
Clara no respondió.
Él respiró hondo y se sentó en la silla junto a la cama, manteniendo una