Ella intentó responder, pero la lengua se le trabó. El plato cayó al suelo. El tenedor rebotó dos veces sobre la cerámica. Las rodillas se le doblaron y, de no ser por Nora y por mí, se habría golpeado la cabeza contra la esquina de la mesa de centro.
Todo se volvió ruido.
Mi tía exclamó que quizá era la presión. Una vecina preguntó si padecía diabetes. Alguien sugirió que le dieran agua. Otra persona dijo que seguro algo le había caído mal. Esteban apareció a mi lado con la respiración agitada, pero no la miraba a ella. Me miraba a mí. O más exactamente, miraba el plato intacto en mis manos.
—Debe ser intoxicación alimentaria —dijo.
—No serví nada raro —respondí, clavándole los ojos.
—Bueno, algo comió antes. O una reacción. No sé.
Los paramédicos llegaron en pocos minutos. Cuando preguntaron qué había ingerido, yo vi a Esteban adelantarse demasiado rápido.
—Pastel, botanas, vino, de todo un poco.
—Yo no tomé vino —alcanzó a decir Rebeca con dificultad.
La subieron a la camilla. Sus palabras salían arrastradas. Tenía temblor fino en las manos, la mirada errática, el cuerpo semidormido. Mientras se la llevaban, Esteban insistió en ir con ella.
Antes de salir, volteó una sola vez hacia mí.
No había preocupación en su cara.
Había frustración.
Y allí, en ese segundo exacto, mi miedo dejó de sentirse absurdo.
La fiesta murió en murmullos. Mis primas se ofrecieron a ayudar a recoger. Las vecinas sacaron bolsas de basura. Nora, en cambio, tomó mi plato intacto, lo observó de cerca y dijo muy bajito:
—No lo tires.
La miré.
—Creo que Esteban…
No pude terminar.
—No importa lo que creas ahorita —respondió—. Importa lo que puedas probar mañana.
Guardamos la rebanada en un recipiente hermético, envolvimos los restos del plato roto y el tenedor usado por Rebeca, anotamos la hora y quién había tocado qué. Yo seguía funcionando por inercia, como cuando una emergencia te secuestra y el cuerpo actúa antes de que el corazón alcance a entender.
Dormí poco. A las seis de la mañana ya estaba sentada en la cocina con una taza de café frío entre las manos. La casa, que la noche anterior parecía viva, ahora estaba llena de vasos olvidados, servilletas arrugadas y un silencio denso.
Nora me llamó temprano.
—Mi primo conoce a un químico forense —dijo—. Puede orientarnos para conservar la muestra y dónde llevarla.
—Nora, ¿y si estoy loca?
—Marian, si estuvieras loca, no tendrías un plato intacto, una mujer hospitalizada y la peor cara de miedo que le he visto a un hombre cuando algo le sale mal.
Eso bastó para moverme.
Fui al estudio a buscar la carpeta de la casa. Quería revisar seguros, documentos, cualquier cosa relacionada con los comentarios de Esteban sobre respaldo, cansancio y papeles. Abrí el archivador metálico y empecé a revisar carpetas heredadas de la época en que mi madre estaba enferma.
Encontré un sobre amarillo viejo, doblado al fondo del cajón.
Lo abrí sin imaginar lo que contenía.
Era un poder notarial de representación patrimonial firmado años atrás, durante una hospitalización mía por neumonía complicada. Recordaba vagamente aquel periodo: fiebre, antibióticos, un agotamiento brutal y mi madre angustiada porque no había quien se ocupara de ciertos trámites. Esteban había aparecido entonces como el hijo disponible,